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Opinión | MIEL, LIMÓN & VINAGRE

Viktor Orbán: padre, abuelo y hermano de los húngaros

Intenta sacar de la Comisión la mejor tajada posible para un país casi estancado desde hace una década

Viktor Orbán.

Viktor Orbán. / EPE

Viktor Orbán no es exclusivamente el mandamás de Hungría, donde lleva gobernando más de 14 años ininterrumpidamente. Orbán es algo así como el mánager de una internacional ultraderechista cada vez más amplia y cohesionada. Su partido ha financiado a Marine Le Pen –se habla de quince millones de euros– y a Vox –nueve milloncetes–.

Cuando Bolsonaro comprobó que su intento de golpe de Estado contra el nuevo gobierno de Lula da Silva fracasaba se refugió a toda prisa en la embajada de Hungría en Brasilia. Las felicitaciones a Donald Trump por su éxito electoral han sido estruendosas y con toda seguridad marchará a Washington para estar presente en su toma de posesión, como hizo en la del presidente argentino Javier Milei. También ha sido palanca de la reagrupación de las derechas radicales en el Parlamento europeo en el grupo Patriotas por Europa.

Y, sin embargo, debe reconocerse que esta agrupación no deja de ser una curiosa mezcolanza. Milei es un furibundo libertario que abomina de la más modesta intervención del Estado en la economía. Orbán, en cambio, es un decidido intervencionista en su país, y a veces no solo a favor de sus empresarios amigos (en Hungría está cuajando una cleptocracia integrada por la oligarquía empresarial que sostiene al primer ministro y babea en su presencia). Digamos que lo que tienen en común es su desprecio por la democracia liberal y representativa –que entienden como una red política, jurídica y normativa que dificulta o frustra una gestión eficaz del poder y una continuidad indefinida en el mismo (y la voluntad de batallar hasta el exterminio contra los valores tradicionales de la izquierda, pero más intensamente aún, contra los nuevos valores que se incluyen en el progresismo woke).

Es una ultraderecha, en definitiva, que cree imprescindible dar una batalla cultural todo lo brutal que se pueda contra las izquierdas para deslegitimarlas de raíz. Una batalla –en el caso de Orbán y otros– en la que las ultraderechas instaladas en el poder disponen de todos los resortes del Estado.

Viktor Orbán, de 61 años, estudió Derecho, y gracias a una beca pudo ampliar estudios jurídicos y sociológicos –y perfeccionar su inglés– en el Pembroke Collage de Oxford, la misma institución en que cursó estudios el doctor Johnson –que nunca se graduó ni falta que le hacía– y el pesado de J.R. Tolkien. Tuvo sus cargos y responsabilidades (menores) durante la dictadura comunista, y cuando cayó la tiranía se presentó como una suerte de liberal más o menos progresista. Después reparó que entre el centro y la derecha copaban más del 60% de los votos, se alió a otro partido menor y fundó la Unión Cívica de Hungría y se escoró rápidamente hacia la ultraderecha antiliberal y euroescéptica.

Orbán maldice la UE e insiste en que Bruselas trata a Hungría como a una ‘colonia blanca’. Pero no pretende salir. Intenta, con sus aliados, detener y revertir el proceso de unificación política, económica y fiscal de la Unión y, mientras tanto, sacar de la Comisión la mejor tajada posible para un país casi estancado desde hace una década y cuyo PIB per cápita apenas llega a 20.000 dólares anuales. El mal desempeño económico no le quita el sueño a Orbán. Siempre tiene una excusa para el atraso económico después de algunos éxitos en la segunda década del siglo: el odio que provoca un país orgulloso de su identidad y sus tradiciones. A los húngaros les va el victimismo. Siempre han tenido que sufrir a extranjeros sin escrúpulos: checos, alemanes, rusos, ahora una maligna UE que pretende dictarte hasta cómo guisar el goulash. Orbán los cuida como un padre, como una abuela, como un hermano mayor. Hasta el fin de los tiempos si es necesario.