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Opinión | Transporte público
Alejandro Giménez Imirizaldu

Alejandro Giménez Imirizaldu

Arquitecto por la ETSAB, profesor de urbanismo de la Universitat Politècnica e investigador del Laboratori d’Urbanisme de Barcelona.

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Un tranvía llamado paseo

Limpieza, cero emisión de gases ni partículas. Eficiencia, la fórmula combinada de lo anterior y la economía de la catenaria, sin claxon, frenazos ni acelerones

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El tranvía en pruebas pasa este viernes frente a los comercios, a la altura de Bailèn.

El tranvía en pruebas pasa este viernes frente a los comercios, a la altura de Bailèn. / Elisenda Pons

Desde las aulas del taller de urbanismo de la Escuela de Arquitectura se ve el cruce de Diagonal con Adolf Florensa. Los estudiantes miran por la ventana. No atienden. No importa. Aprenden igual. Aprenden todo el rato, por ósmosis. Cazan ideas al vuelo, leen pantallazos, juntan dos más dos, diez mil imágenes de producción propia. En el bolsillo. Y un billón a un clic, mientras charlan, en el bar. Qué grande es ser joven. Aprenden, casi sin querer, que el coche llena todo el sitio que le des. Que el autobús tiene que competir por ese espacio y mejor si trae carril propio. Que las bicis hay que apartarlas de los anteriores. Que el tranvía pasa más que el bus. Que se nota menos. Que para girar pide más sitio. ¿Cuánto? Bajaos a medirlo. Rezongan. Vuelven: 32 metros ¿Y cuánto mide un tranvía? 32 metros, benditos móviles. Ostras, es decir que el radio de curvatura a velocidades inofensivas es la longitud del propio vehículo. Los conductores son seres de luz que, en lugar de meterles un bocinazo, hacen sonar campanillas para que retiren la cinta métrica y se quiten de en medio. No se va mal dentro. La gente discurre sin escaleras ni torniquetes. Un pasito -"recordeu que heu de validar el títol de transport"- canta una voz redonda, y a contemplar el paisaje o disfrutar del atuendo, gesto y charla de los viajeros. Los tranvías de primera hora trajinan al personal de la universidad, alumnos aplicados y, a veces, alguna trabajadora rezagada del sexo trans. Mujeres transgeracionales y trasnochadoras que apuran los límites del maquillaje a la luz del alba.

Los estudiantes pasan las medidas a sus proyectos y deciden prioridades: -Peatón, bicicleta, tranvía, bus y ya, si eso, coche-. ¿Por ese orden, estás segura? -Bueno, dudo entre la bici y el transporte público pero ya lo decidiré cuando tenga que dibujar el cruce-. Son de tercero y ya apuntan maneras: -La acera lo primero, 'porsupuestamente'. Poder andar. -O rodar si llegas a vieja -dice otro. -Luego la bici. -El rango de usuarios es menor. -Pero va en aumento. -Y por salud, discuten. -Luego el tranvía, a ver, 'es queee': capacidad, 200-400 personas. ¿Bus? 100. Velocidad comercial, 18 km/h. ¿Bus? 12. Frecuencia, 4 minutos. ¿Bus? 8. Limpieza, cero emisión de gases ni partículas. Eficiencia, la fórmula combinada de lo anterior y la economía de la catenaria, sin claxon, frenazos ni acelerones. Verde, algo trae. Seguridad, la siniestralidad es casi cero. Y va suave. Tienen que avisar por megafonía “si viatges dempeus, agafa't”. Nadie. -Hasta la curva -risa adolescente maliciosa.

-Muy bien, nueve ventajas. Para el 10, tendrá sus pegas.

-Las marquesinas son muy tochas. Tanto cristal. No 'cal'. Yo pongo un palo. - Los palos de las catenarias servirían de farola. -El verde… más árboles, arbustos, menos césped, plantas que exijan menos agua. -¿Las paradas que no concuerdan, qué? Ni con el bus, ni el metro, ni el bicing, ¿estamos tontos? - Y a ver cuándo lo acabáis de juntar que ya os vale.

Los quiero. Me matan.

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