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Opinión | Medios públicos
José Manuel Pérez Tornero

José Manuel Pérez Tornero

Catedrático de la UAB y expresidente de la Corporación de Radio y Televisión Española

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RTVE y el cirujano de hierro

El decreto impulsado por el Gobierno es un paso atrás en la independencia del ente público

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Europa Press

Hace un par de años, el Parlamento británico decidió abrir un debate sobre el futuro de la BBC para, así, legislar con cierta previsión y cautela. También el Gobierno francés resolvió, antes de reformar su sistema audiovisual, iniciar una dinámica parecida. En ambos casos, se optó por un estilo ordenado y riguroso de legislar. De ahí que en ambos países los servicios públicos gocen de buena salud y sus ciudadanos los respeten como instituciones prestigiosas.

Sin embargo, ¡qué contraste con la realidad española! Aquí no hay debate ni estudio previo a la hora de regular. La legislación audiovisual parece que se aplica como si se tratara de un electroshock, sin posibilidad de apelación; lejos de la prudencia y análisis que exigiría una regulación madura.

Son muchos que considerarán que la prueba de este estilo de legislar ha sido el decreto sobre RTVE, porque, desde luego, cualquiera que haya sido su motivación, estamos ante un decreto escrito al galope, con precipitación. Y no cabe disculpar que esta precipitación sea endémica en España. Porque impremeditación solo acarrea impremeditación. Ejemplo, la lista de consejeros de los grupos políticos a la mesa del Congreso solo duró unos minutos. Enseguida desapareció de ella (por razones incomprensibles) la periodista Paloma del Río. ¡Quien regula al galope, ejecuta a la desbocada!

¿Es esta impremeditación la causa de la actual crisis de RTVE (consejeros y directivos fulminándose mutuamente; una programación errática y cara; ese déficit de más de 30 millones; incapacidad de realizar unas oposiciones transparentes; etc.)?

Difícil responder en este espacio, pero sí cabe tratar de discernir el significado del decreto y lo que puede o no aportar a RTVE. Lo primero, el decreto es un paso atrás en la independencia de RTVE. Se diga lo que se diga, nos retrotrae a la situación del año 2012, en que el PP eliminó, de un plumazo, la reforma Zapatero, y con ello la necesidad de consenso en elegir el Consejo.

Segundo, al eliminar el concurso se ha perdido cualquier limitación -por mínima que fuere -a la discrecionalidad de los grupos políticos a la hora de elegir consejeros. Estaremos, pues, en el mismo caso en que se encuentra Telemadrid, después de la llegada de Ayuso a la presidencia de la comunidad. Así que han saltado por los aires los principios y argumentos que el mismo PSOE -y la mayoría de la izquierda e, incluso, partidos de centro- han defendido hasta ahora sobre RTVE: su independencia, su desgubernamentalización; y una gobernanza participativa y representativa.

Pero estamos ante algo que puede ser peor, la creación de una presidencia hiperbólica en RTVE, muy semejante a la de aquel cirujano de hierro que en el siglo pasado reclamaba Joaquín Costa para España. Una figura que podría, si lo decide, abrir en canal el país, en este caso RTVE. Porque el nuevo presidente salido del reciente decreto no tendrá obligación ninguna de contar con el consejo. Ni para elegir su equipo directivo, ni para transformar la estructura de RTVE. Ni siquiera para firmar contratos de más de dos millones de euros.¿Es esta clase de presidencia de RTVE lo que se necesita en estos momentos?

Es posible que algunos piensen que sí, que es 'lo que toca hacer' porque, como la política actual es como es, bien vale ser el primero en dar golpes. ¡Son los integrados, los que se sienten confortablemente dentro de una línea partidista!

Por otro lado, estarán los apocalípticos, que justificarán el decreto diciendo que, puesto que estamos ante la catástrofe, bien vale apostar por redentores capaces de producir milagros.

Pero, en fin, creo que serán muchos más los que, entre escépticos o críticos, nunca defenderán que la mejor manera de hacer política y de legislar sea la que se basa en la teoría de que quien golpea (y más fuerte) es el que ganará. Porque el fin nunca puede (ni debe) justificar los medios.

Desde mi punto de vista, lo lógico es, por tanto, apostar porque sea la visión de estos últimos la que salga finalmente a flote. Porque, al fin y al cabo, la democracia representativa y participativa solo se puede basar en el respeto al adversario político y en el respeto a las instituciones -que solo pueden ser de todos-. Lo cual, lógicamente, debe ser aplicado también a RTVE. Y, sobre todo, porque si se consolidara la filosofía del cirujano de hierro, ¿quién puede asegurarnos que esa teoría iba a quedarse encerrada en los estrictos límites de RTVE?

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