Opinión | Verdiales

Periodista y escritora
El silencio es parte de la agresión
Pensemos en todas esas mujeres, víctimas, que, en entornos profesionales y familiares, callan por miedo, y en los hombres que siguen ejerciendo su poder, el abuso, acosando, en connivencia con mucha gente que les apoya y respalda, a diario

Íñigo Errejón, exdiputado de Sumar, a su llegada a una reunión de la Junta de Portavoces en el Congreso. / Alberto Ortega / Europa Press
Antes de las vacaciones de verano, leí un libro que me conmovió e impactó. He hablado, más de una vez, de él, también escrito, y lo he recomendado, mucho, sabiendo que no es fácil, su lectura, ni para todo el mundo. Se lo pasé, una vez terminado, a Elvira Lindo. Tienes que leerlo, le dije. Quedamos, a desayunar, un día, mediados de julio, en Madrid, y se lo di. Su última novela, En la boca del lobo, se enfrenta, narrativamente, al mismo tema que el libro que allí nos había reunido, la violencia, el abuso sexual, en una de sus formas más horribles, e ignoradas, el que sufren los menores.
Tardó poco, Elvira, en acabarlo. Me ha gustado mucho, mucho, es brutal, cuando se deja ser ella es increíble, me dijo. Es extraordinario, la contesté yo, y seguimos, viviendo, escribiendo. Ella, la autora, es Neige Sinno (Vars, Francia, 1977) y el libro se titula Triste tigre. Llegó a las librerías españolas el pasado 4 de septiembre y en nuestro país ha generado poca discusión en el debate público, menos de la que yo esperaba. Y no sólo porque el año pasado causara sensación en Francia, Premio Femina, más de 300.000 ejemplares vendidos.
La distancia, física y emocional, articula la historia de Sinno, cuyo padrastro abusó sexualmente de ella durante años. No es una autobiografía, tampoco un testimonio. Es una narración, asombrosa y singular, única, sobre el incesto escrita no para buscar consuelo o cura o refugio en la literatura, sino para proporcionarles todo eso a las demás, y posibles, víctimas.
Procedente de una familia disfuncional, padres jipis, clase baja, la madre de Sinno se casó, joven, en segundas nupcias, con un hombre que apareció como salvador, héroe montañero, apuesto y fornido, y devino en maltratador, monstruo. A ese matrimonio, llegó con dos hijas pequeñas, la mayor de las cuales empezó a sufrir, al poco tiempo, abusos por parte de su padrastro.
Sinno se marchó de casa cuando entró en el instituto. Ya en la universidad, se atrevió a relatarle lo sufrido a su madre, que vivió un año más con el agresor, y a denunciarlo. Nueve años de condena, reducida a cinco por buena conducta, fue el resultado de un juicio que duró unas horas y del que la autora da cumplido detalle en el libro. Estremecen el cuestionamiento del abuso basándose en el placer experimentado y el análisis del comportamiento materno.
Desde hace dos décadas, Sinno vive en México. Aunque "dañada, rodeada por el abismo", sobrevivió y, entonces, sabiendo que el lenguaje es siempre fuente de desconfianza, pues su maltratador se pasó años diciéndole cosas que no podía creer, decidió escribir el libro "como una especie de rebelión descabellada".
El sábado pasado, al volver a casa, después de haber asistido a los Premios Princesa de Asturias en Oviedo, busqué Triste tigre en una de mis librerías y me fui, directa, a una de las páginas que dejé marcadas: "Lo extraño en este tipo de violencia es que el silencio no es la consecuencia, sino parte de la agresión". Leí, en alto, esa frase, una de las que más me había llamado la atención durante su lectura.
Llevaba rememorándola desde que saltó a los medios el caso de Íñigo Errejón, acusado, presuntamente, de acoso sexual. “Todo el mundo lo sabía”, hemos leído, escuchado, mucho, acerca de esa historia, estos días. Es evidente que quien hace esa afirmación no es consciente de la gravedad que encierra; de lo contrario, no lo diría. Es terrible, todo, también lo que aún no se sabe, y probablemente nunca se sabrá. Pensemos en esas mujeres, víctimas, que, en entornos profesionales y familiares, callan por miedo, y en los hombres que siguen ejerciendo su poder, el abuso, acosando, en connivencia con gente que les apoya y respalda, a diario. El silencio, como bien escribe Neige Sinno, es parte de la agresión.
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