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Opinión | Cartel pictórico

El Barceló del Barça

A veces sobrepasamos las expectativas y convertimos el arte en una explicación razonada que va contra la esencia misma de la obra

Cartel de Miquel Barceló para el 125º aniversario del Barça.

Cartel de Miquel Barceló para el 125º aniversario del Barça. / FCBarcelona

Uno de los episodios más divertidos de las historias sobre los carteles conmemorativos del Barça lo protagoniza Antoni Tàpies, el autor de la pieza del centenario. En su cartel hay un compendio de mucha de la simbología del pintor: una B enorme, la utilización de una grafía singular que forma parte del conjunto, los colores del club comprimidos y cuatro barras como unas flechas que nos hablan de la bandera y del compromiso del club "como reducto de catalanismo", como declaró él mismo. Y también hay una bota con una X en medio. “Esta cruz”, añadió Tàpies, “es el símbolo de la oposición de lo contrario; por un lado, está la bota como emblema de la lucha y, por otro, la cruz, que representa el juego de lo contrario, lo opuesto”. Los críticos también opinaron y consideraron, como Daniel Giralt-Miracle, que la bota y la cruz "simbolizaban la esencia". Poco después, Tàpies confesó la verdad. No sabía cómo era una bota de futbolista y pidió una porque, realista como era, quería tener una idea clara del calzado. “Descubrí que la bota tenía una X, uno de mis símbolos preferidos, y la pinté”. Si en lugar de ponerle delante una bota de la marca Munich le hubieran enseñado una de Adidas, pongamos por caso, toda la simbología se habría girado como un calcetín.

Es el peligro que tienen los artistas al explicar su obra. O cuando los demás intentamos hacerlo. A veces sobrepasamos las expectativas y convertimos el arte en una explicación razonada que va contra la esencia misma de la obra. Esto ha ocurrido, en mi opinión, con el cartel de Miquel Barceló, el del futbolista que es todos los futbolistas, este “jugador hecho de muchos jugadores, pero también de muchos animales marinos y terrestres, de muchas plantas, de minerales, de caballos, de animales mitológicos, de elefantes, de canguros, de tiburones”. A mí, la obra de Barceló me parece apoteósica, estalla, y estoy de acuerdo con lo que dice Joan Burdeus: "Va en busca de formas alternativas que ponen en suspensión el guion establecido". Sobre todo el Barceló terrestre, el de la lucha con y contra el barro, el de los puñetazos a la materia informe. Este Barceló del Barça no me gusta tanto, pero eso no significa nada. Me recuerda a un gólem judío o a un zombi recién salido de la tumba, con gusanos que se afanan por abandonar el cuerpo putrefacto. Esto va a gustos. Tampoco me gusta el lateral izquierdo de la capilla de la catedral de Palma –demasiado azucarado, para mí–, y, en cambio, el frontal, el altar, me parece una maravilla. El propio Burdeus dice que "este hombre de trazo gamberro" es un grito de las "fuerzas crudas y atávicas" en contra de la racionalidad y de los algoritmos. Cada uno va a lo suyo. Algunos ven un farsante de la posmodernidad y otros ven el genio que religa la tradición pictórica catalana. La mejor aportación de todas es la del poeta Sebastià Alzamora. Él, que sabe cómo son los de Felanitx (expansivos, bromistas, aventureros), afirma que “los futboleros no ven que Barceló se descojona de ellos”. Quizá sea eso, simplemente eso.

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