Opinión | La espiral de la libreta

Olga Merino

Olga Merino

Periodista y escritora

A vueltas con el autobús: 'El 47'

La película de Marcel Barrena desempolva una memoria necesaria, la diáspora a las periferias urbanas durante el último tramo del franquismo. Le falta una pizca de aguijón político en lo colectivo  

PELÍCULA ESPAÑOLA PEDRO SÁNCHEZ 'El 47'  así es la emotiva película española que

PELÍCULA ESPAÑOLA PEDRO SÁNCHEZ 'El 47' así es la emotiva película española que / VICTORIA ROVIRA

Hacía años que no escuchaba aplausos en el cine. Mucho tiempo; por lo menos desde la época de la sesión doble con merienda. El caso es que la sala prorrumpió en palmadas al final de una película —¡al fin me escapé a verla!— que habla de tú a tú, que explica el pico–pala, pico–pala del que venimos algunos: ‘El 47’. Soberbio trabajo actoral; Eduard Fernández encarna a Manuel Vital, el inmigrante extremeño que ‘secuestró’ un autobús de línea, el 7 de mayo de 1978, para subirlo hasta el barrio empinado de Torre Baró. Lo clava, tanto el papel como la dicción; los ademanes, aquella gestualidad masculina que se estilaba entonces, el esfuerzo por chapurrear el nuevo idioma, por acomodar el paladar y la lengua a los fonemas más dulces y esquivos del catalán. Bravo por él y por Clara Segura.

En aquel tiempo tampoco el metro tampoco había llegado al extrarradio barcelonés y, en efecto, el autobús 47 finalizaba el trayecto en la vía Favència, justo enfrente del mercado de Montserrat; lo fundaron en 1960 para abastecer al ‘boom’ migratorio. Los míos vivían más abajo, en la Prospe, desde donde el castillo de Torre Baró parecía entonces una muela cariada en lo alto del cerro. Hasta allí subíamos de niños, repechando las cuestas endemoniadas y polvorientas para enterrar la sardina los miércoles de ceniza. Batallitas infantiles, mientras los mayores acudían a las fábricas o se dejaban las vista en la tricotosa.

En el siglo pasado, sobre todo desde los años 50, el campo español se desangró en un éxodo devastador. Extremeños, andaluces, gallegos, murcianos, maños, castellanos pobres abandonaron sus pueblos de origen para afincarse en las periferias de Barcelona, Madrid y Bilbao, ciudades que llegaron a duplicar y triplicar su tamaño. Sergio del Molino describió el fenómeno como el Gran Trauma. En una película de 1967 se retrata con mucha más crudeza que en ‘El 47’ la epopeya, la diáspora del desarrollismo, de aquellos desheredados que no ‘bufaven cullera’ (soplar cuchara): ‘La piel quemada’, de Josep Maria Forn. En su momento, anoté en la libreta de espiral una frase que pronuncia en el filme un albañil granadino, interpretado por el actor Antonio Iranzo: «Yo prefiero a estos señoritos catalanes, que están toda la semana pencando, que a los de mi tierra: finos, dicharacheros, pero no dan golpe. Te ven morirte de hambre y te dicen. ‘Con Dios, hermano’». Hace falta recordar.

La película ‘El 47’, de Marcel Barrena, está muy bien hecha, apela a las emociones y desempolva una memoria necesaria. Pero no puedo dejar de suscribir lo que dijo el historiador Marc Andreu en un artículo reciente en ‘El País’: el secuestro del autobús no fue un arrebato individual ni espontáneo, sino una acción colectiva. Detrás de las reivindicaciones vecinales estuvieron el sindicato Comisiones Obreras y el PSUC, el ‘peix amb suc’ (pescado en su salsa), en barrios donde hubo que pelear cada semáforo, cada ambulatorio, cada escuela. Mis manos, mi capital. Lo que permanece de aquel sustrato ya es otra película, ‘Lo que el viento se llevó’.  

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