Giorgia Meloni: seduciendo a Europa
La iniciativa del Ejecutivo italiano de subcontratar al Gobierno de Albania para desplazar hasta allí a los migrantes ilegales ha provocado tanta repulsa social como admiración política
La justicia rechaza el plan de Meloni en Albania y ordena retornar a los migrantes a Italia
Von der Leyen propone copiar a Meloni y crear centros de inmigrantes fuera de la Unión Europea

La primera ministra de Italia, Giorgia Meloni / Phil Noble/PA Wire/dpa
La migración es un fenómeno al que se le achacan inconvenientes. Las consecuencias negativas, que las hay, están siendo utilizadas por una minoría para crear un ambiente social exagerado que induce al temor. Lo dicen las encuestas. El último CIS lo situaba como el principal problema para los españoles.
La vertiginosa escalada del noveno lugar al primero de las preocupaciones ciudadanas en solo un trimestre tiene que ver con la imagen del constante goteo de embarcaciones precarias que llegan, principalmente, a las costas canarias, aunque no solo, y que ilustran la cara dramática del suceso. De algo parecido ya se habló en 2007, durante la llamada crisis de los cayucos. Mientras, los grandes flujos siguen entrando por los aeropuertos, pero no llaman la atención ni son noticia.
La misma demoscopia, sin embargo, delata que estamos ante una percepción. Cuando a idénticos encuestados se les pregunta por los problemas que les afectan personalmente, la inmigración decae al quinto lugar. O sea, que el inconveniente ya no es tan grave. Algo parecido a la diferente evaluación que se hace de la economía. Consultada como concepto general se valora negativamente. La propia, la familiar, mucho mejor. Así es como la imagen figurada dibuja una realidad que, en cambio, no es real. Este escenario migratorio ficticio es sobre el que debate la Unión Europea a propuesta de Giorgia Meloni (Roma, 15 de enero de 1977).
La iniciativa del Ejecutivo italiano de subcontratar al Gobierno de Albania para desplazar hasta allí a los migrantes ilegales e instalarlos en eufemísticos campos de internamiento, a la espera de ser devueltos a su país de origen una vez identificados, ha provocado tanta repulsa social como admiración política. Y frente a la denuncia de quien ve vulnerados los derechos humanos aparecen líderes de ideologías distintas que loan directamente la decisión o, cuando menos, la estudian. Desde el primer ministro del Reino Unido, el laborista británico Keir Starmer que frenó en seco la deportación a Ruanda impulsada por su antecesor conservador pero que en Roma quedó prendado de su rubia colega, al popular español Alberto Núñez Feijóo, que cuando la visitó se sirvió de la idea italiana para denunciar la inacción de Pedro Sánchez sin valorar la dimensión del concepto. En medio, quienes quieren ser más drásticos. El Gobierno de Países Bajos, por ejemplo, que negocia con Uganda mandar allí solo a los africanos que han superado el tiempo de trámite para conseguir su regularización. Una simplificación por el color de la piel que delata el auténtico sentimiento falsamente escondido y que pone a prueba a la Unión Europea ante el preocupante proceso de enterrar a marchas forzadas la esencia de su existencia. Porque, ¿dónde quedan el respeto a la dignidad humana y a los derechos fundamentales que están en la base de su construcción? Esta es la pregunta que debería contestar Ursula Von der Leyen, antes de impulsar una legislación migratoria comunitaria más restrictiva, siguiendo la estela de Meloni. Y, de paso, aquellos que ayudaron a blanquear la imagen de una primera ministra surgida de las cenizas del fascismo de la mano de Hermanos de Italia. Encumbrada por Berlusconi y defensora de “Dios, patria y familia”, la disruptora Meloni responde que ha consignado su ideología a la historia.
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