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Opinión | Oriente Próximo
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¿Quién puede parar a Netanyahu?

El primer ministro israelí sueña con que puede redibujar el mapa regional a su gusto. A eso dedica su tiempo, aprovechando la superioridad militar de sus fuerzas

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Archivo - El primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, durante una rueda de prensa en Jerusalén (archivo)

Archivo - El primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, durante una rueda de prensa en Jerusalén (archivo) / Avi Ohayon/GPO/dpa - Archivo

Nada indica que Binyamín Netanyahu vaya a cejar en su empeño por prolongar y ampliar el conflicto, calculando que le sirve para mantenerse en el poder y soñando con que puede redibujar el mapa regional a su gusto. A eso dedica su tiempo, aprovechando la superioridad militar de sus fuerzas, sin que nada parezca capaz de detenerlo.

No lo están haciendo sus propios conciudadanos, por mucho que algunos critiquen su intento de blindarse ante la justicia por unas causas que pueden llevarlo a la cárcel y sean muchos menos los que protestan por su apuesta violenta. Son muchos más, de acuerdo con las encuestas más recientes, los que aplauden su decisión de invadir Líbano; lo que supone no descartar que, en cuanto haya un ligero paréntesis bélico, decida convocar elecciones anticipadas para aprovechar su aumento de popularidad. A fin de cuentas, ninguno de sus contrincantes recaba hoy mayor apoyo que él.

Tampoco parece que Hamás esté en condiciones de frenarlo. Seriamente debilitado, tanto política como militarmente, apenas puede desarrollar una actividad más propia de un grupo guerrillero que de un ejército capaz de hacer frente al empuje de las Fuerzas de Defensa Israelíes (FDI). Incapaz de expulsar a las tropas israelís, ni de Gaza ni de Cisjordania, se ve obligado a asumir que ni tiene medios suficientes a corto plazo ni nadie (sea Hizbulá o Irán) va a jugársela por él.

Algo similar cabe decir de Hizbulá, todavía bajo el impacto de su descabezamiento político y en una situación de extrema vulnerabilidad, ante la generalizada penetración de los servicios de inteligencia israelí en sus redes de comunicación y sus cadenas de suministro. El golpe recibido no significa, como ya se está viendo por las dificultades que están encontrando las FDI en su invasión del Líbano, que no pueda oponerle resistencia, ocasionándole bajas en un territorio que conoce al detalle y en una confrontación para la que lleva años preparándose. Pero ni está en condiciones de entrar en fuerza en Israel, ni tampoco de tomar la iniciativa estratégica para forzar una retirada total de su enemigo. Y si eso vale para Hizbulá, nada hay que añadir de unas fuerzas armadas libanesas que han demostrado sobradamente su inutilidad en la defensa de su propio territorio.

Un peldaño por encima, tampoco Irán, a la espera de recibir el próximo ataque israelí, dispone de medios suficientes para doblegar a su ya tradicional enemigo. Descartada la invasión terrestre -por la sencilla razón de que no hay frontera común entre ambos- y la batalla naval a gran escala -dadas las limitades capacidades ofensivas de los dos-, todo queda reducido al ámbito aéreo y artillero, sin perder de vista, en todo caso, los asesinatos selectivos y los ciberataques. Las sanciones internacionales han impedido a Irán modernizar su fuerza aérea, hoy a años luz del arsenal que acumula Tel Aviv. No se trata únicamente de los avanzados cazas de fabricación estadounidense con los que cuentan las FDI, sino que también hay que sumar su capacidad de reabastecimiento en vuelo y sus diversos ingenios de guerra electronica; un activo, en definitiva, que deja a Irán incapacitado para plantear una amenaza de fuerza sobre territorio israelí. Y ni siquiera en el terreno misilístico mejora mucho el balance, puesto que, aunque Teherán cuenta con dos tipos de misiles de alcance intermedio que pueden abatir objetivos en suelo israelí, el sofisticado sistema de defensa antiaéreo israelí puede reducir sustancialmente el efecto real de las andanadas iraníes.

Si se añade a la lista a Estados Unidos, a los Veintisiete o a los gobiernos árabes, la conclusión lleva al mismo punto. Dado que ni la ONU ni la CIJ ni la CPI tienen medios propios para obligar a que se atiendan sus resoluciones ni sus dictámenes, cabría imaginar que fueran los gobiernos que mantienen relaciones con Israel y que le suministran armas quienes pararan a Netanyahu. Pero si ninguno de los mencionados (con la excepción de Jordania) se ha atrevido a retirar a su embajador en Tel Aviv, no es realista suponer que van a ir más allá hasta el punto de que el extremista Gobierno israelí tenga que reconsiderar su actuación.

En definitiva, Netanyahu sigue teniendo vía libre.

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