Depredadores sexuales y poder
Vivimos aún en una sociedad donde difícilmente la justicia ni la opinión pública dan crédito a la experiencia de una agresión sexual perpetrada por uno de estos hombres de éxito
Varias mujeres acusan de violación al magnate egipcio fallecido Al Fayed, exdueño de Harrods
Icíar Bollaín dirige 'Soy Nevenka', la película sobre la primera denuncia por acoso sexual de la política española

Mireia Oriol y Urko Olazábal en la escena del juicio de 'Soy Nevenka'. / David Herranz
Hace unos días conocimos, gracias a un documental de la BBC sobre el recientemente fallecido Mohamed Al Fayed, expropietario de los almacenes Harrods de Londres, que estábamos delante de un depredador sexual, que había cometido innumerables agresiones sexuales a sus trabajadoras (algunas de ellas, menores de edad) de una forma altamente humillante. Al mismo tiempo, la semana pasada se estrenó la película 'Soy Nevenka', dirigida magistralmente por Icíar Bollaín, que actualizó el caso de la concejala de Ponferrada que, en el año 2000, sufrió acoso y agresiones sexuales por parte del en ese momento alcalde de la localidad y fue, además, doble y triplemente victimizada por los medios de comunicación, la justicia y la sociedad, en general.
Viendo la película no pude evitar relacionar ambos casos. No nos cansamos de hablar de la estructuralidad del machismo, el patriarcado y la violencia machista derivada; ello nos lleva necesariamente a identificar que todas las situaciones y casos que van saltando a los medios tienen un sustrato común. En este caso, me gustaría poner el acento en algo que, aun siendo mayoritario, suele ser menos narrado en los casos de violencia sexual ,especialmente si el relato lo hace la ultraderecha. Se trata de la relación entre los depredadores sexuales y el poder.
¿Qué papel juega tener una posición de poder social, económico, político etc. en la ocurrencia de la violencia sexual? Mucho. Los hombres poderosos ejercen como depredadores sexuales porque pueden. Porque están acostumbrados a “tomar” todo aquello que les viene en gana. Acostumbrados a considerar a las personas como objetos de su propiedad (especialmente, a las mujeres). Ese poder se ve mayoritariamente avalado por el reconocimiento social del concepto del ”hombre que triunfa” desde una perspectiva capitalista y que suele ir de la mano de un hombre que tiene éxito con las mujeres. Es en este punto donde las mujeres pueden ser más vulnerables. Sabemos que -salvo honrosas excepciones- vivimos aún en una sociedad donde difícilmente la justicia ni la opinión pública dan crédito a la experiencia de una agresión sexual perpetrada por uno de estos hombres de éxito, con poder. Siempre está presente esa mirada que pone en duda el relato de las mujeres, sin tener en cuenta que esa desigualdad de poder en sí misma puede anular o desconectar la voluntad; no hace falta ninguna fuerza e incluso debe ser entendible que se acepte la relación sexual por cómo se presenta la encrucijada entre posiciones desiguales. Y después... comenzar por el hecho de que contarlo supone un abismo; un abismo que solo será franqueable para la mayoría cuando las mujeres tengamos la certeza de que el estereotipo sobre la mujer interesada y maquiavélica no prevalece ante un relato de violencia sexual, cuando sepamos que cuando el límite no es fácil de poner porque las condiciones de partida no son neutras igualmente seremos creídas y no cuestionadas; cuando las mujeres no necesitemos ser heroínas capaces de construirnos una capa de impermeabilidad respecto al cuestionamiento social general o el de nuestros centros de trabajo o el de nuestras familias. Y es que los tentáculos del patriarcado conllevan también una mirada estereotipada de quién es el hombre de éxito, donde converge esta idea tan perversa que consiste en pensar que supuestamente tienen a su alcance a cualquier mujer y, por consiguiente, la sexualidad que ejercen no es violencia. Negando, así, una realidad incontestable que es justamente que el ejercicio del poder y forzar la voluntad de las mujeres es donde radica su placer. En la ratificación del poder. No es ni siquiera placer sexual. Es un ejercicio de poder en su estado más puro. Y legitimado por el resto. El resto somos todos y todas.
Por consiguiente, cuando la ultraderecha venga con el discurso de que la violencia sexual y la inseguridad para las mujeres está vinculada a la inmigración habrá que recordarles -por enésima vez- que las agresiones sexuales menos identificadas, pero más numerosas y graves se producen en centros de poder. Vinculadas a hombres que “pueden”; aquí he destacado dos, pero tenemos otros muchos, como Dani Alves, Jeffrey Epstein o Carlos Vermut. La lista es inacabable… ¿habrá que señalar la estructura del poder masculino, no?
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