Saltar al contenido principalSaltar al pie de página
Opinión | Relaciones
Por qué confiar en El Periódico Por qué confiar en El Periódico Por qué confiar en El Periódico

Cenas de matrimonios

No estás en tránsito. No hay potencialidad en tu soltería. No juegas a dobles y dejan de incluirte. Tu imparidad les recuerda algo nefasto: la muerte

Cómo sobrevivir soltero en un mundo hecho para parejas

Cómo sobrevivir soltero en un mundo hecho para parejas

Acabó el verano. Desde que perdí a mi pareja, es la estación en que más percibo su ausencia. Un ejemplo, no he vuelto a asistir a una cena de matrimonios. Agosto. Atardece y con una amiga separada, salgo de casa de otra amiga viuda y recorremos carreteritas comarcales entre Jesús Pobre y Jávea, en Alicante. A un lado y a otro, entre palmeras y huertas, aparecen restaurantes recoletos que solo pueden frecuentar los habituales pues no están ni señalizados. Exquisitos, bien iluminados, sugieren placenteras veladas. Imagino a su clientela: adultos con cierto poder adquisitivo, matrimonios deseosos de pasar un rato agradable en buena compañía de amigos o parientes, también de vacaciones. Mesas para comensales pares.

Cuando eras joven las cenas de matrimonios te parecían una cosa burguesa y pesadísima, de padres, porque no era ni notable ni relevante la diferencia entre sueltos y emparejados. Aunque en ese momento no tuvieras pareja, la soltería no significaba vida solitaria, sino potencialidad, un tránsito entre enamoramiento y enamoramiento. Las cenas eran cambiantes: hoy venías con uno, mañana con otro, nos juntábamos, nos separábamos, nos juntábamos otra vez. Luego tuviste el primer hijo y descubriste que el mundo se dividía entre los que tienen niños y los que no. Sin comerlo ni beberlo, ingresaste en otra categoría social y notaste una distancia que se había interpuesto con algunos. No podías hacer la misma vida, ni los mismos horarios. Preocupaciones nuevas, obligaciones ineludibles os separaban. Pasaron las décadas, los hijos crecieron y te liberaste. Regresaste al grupo de las personas con libertad de movimientos. Todo se niveló de nuevo.

Hasta que de pronto, zas, viene la muerte y te pega un hachazo. Te conviertes en viudo o viuda y entonces te percatas de que el mundo también se divide entre los que tienen pareja y los que no y tú ahora eres de ese segundo grupo. En el caso de las mujeres, sea por renuncia voluntaria o por demografía, es probable que no vuelvas a tener pareja nunca. Ahora, sentada con tu amiga en una mesa de uno de esos restaurantes tan gratos, saboreas tu copa de vino y contemplas un poco más allá una mesa de ocho comensales: cuatro mujeres y cuatro hombres. Reconoces una cena de matrimonios. Lo adviertes sin tristeza, el sufrimiento y el dolor ya los pasaste, con una ligera nostalgia: la de los grupos mixtos en los que había confianza, una cierta alianza, el relajo de reconocerse entre iguales o parecidos, porque vuestra condición de partida, vuestras credenciales, eran similares: las de ser pareja. Como en un torneo de dobles que juegan en la misma categoría práctica, económica, vital os reconocíais dentro de vuestras diferencias. Por un momento al menos, por esas horas.

Ahora no estás en tránsito. No hay potencialidad en tu soltería. No juegas a dobles y dejan de incluirte. Tu imparidad les recuerda algo nefasto: la muerte. Tampoco tú quieres ir por el mismo motivo: tu vacío se refleja en ellos. Pasas a ser una señora de las que, con su curiosidad y su empuje, llenan cines, teatros, exposiciones, clubs de lectura.... Tu vida social más íntima se desarrolla entre mujeres aventureras, interesantes y leales, tus amigas. Por supuesto, también te relacionas con varones, pero están más dispersos. Tienen esposas, no suelen ir a ningún lado solos, están circunscritos a contextos específicos. Y si os juntáis, esos matrimonios no responden a la complicidad, a la intimidad de aquellos torneos de dobles, porque el tiempo no construyó ese roce de la repetición y la convivencia. Al fin asumes que te has convertido en una de esas personas que solo sale con otras personas también solas.

Hasta que llega septiembre y entra un mensaje y de pronto te ves organizando una cena de comensales pares, pero de otros pares: son tus 'amigues queer', que combinan muy bien con tus amigas. Unos casados, otros solteros, bebéis vino y coméis ensaimada y sobrasada (ay, el colesterol) que el perpetrador del plan ha traído de Mallorca. Y dan las once y la doce y la una y las dos y no paráis de reíros y de poner en común vuestras vivencias tan variadas, lo que la vida os ha hecho en estas décadas, lo que vosotros habéis hecho con la vida. Y al otro día tienes resaca (hace años que no te pasa) y estás molida y piensas que claro que hay cenas, pero que son otras, y que el problema no eres tú, el problema es la sociedad, tan compartimentada y que lo que hay que hacer es volver a eso, a las pandillas desbaratadas de los veinte y de los treinta y olvidarse de una vez por todas de las cenas de matrimonios.

Suscríbete para seguir leyendo