Opinión | Mercado automovilístico

Ingeniero industrial y empresario.
El coche eléctrico
El sector del automóvil europeo tardó en apostar por la electrificación y cuando lo ha hecho, en España, la Administración no ha estado a la altura

Carga de un coche eléctrico en Sant Cugat. / JORDI COTRINA
El mundo automovilístico europeo está conmocionado porque ve que ha quedado fuera de juego en la venta de coches. Europa tenía el control del mercado automovilístico mundial desde que se inventó el motor de combustión a finales del siglo XIX. Cuando en 1997 Toyota inventó el coche híbrido, con una idea espectacular de combinación mecánica entre un motor de combustión y un motor eléctrico, sin necesidad de cambio de marchas, los responsables europeos se burlaron del desarrollo. Los motores de combustión eran cada vez más eficientes gracias a la pulverización del combustible a mayor presión, la introducción de la electrónica y la recirculación de gases.
Cuando Elon Musk presentó el primer coche eléctrico, el Tesla Roadster, en 2008, fue objeto de burla por todo el sector automovilístico. El sector del automóvil europeo estaba convencido de que su producto era el mejor, con una autonomía insuperable y una carga de energía en pocos minutos, lo que lo hacía invencible. Para hacer esto posible se inventó una trampa que permitía que las mediciones de NOx en la combustión del coche fueran más bajas en el momento de la prueba, mientras que en circulación eran distintas. Ese fue el 'dieselgate'. Su descubrimiento en 2015 por unos universitarios estadounidenses dejó al descubierto al sector automovilístico europeo, que se veía obligado a reinventarse.
Pero, ¿cómo se reinventa un sector donde todos los directivos e ingenieros han pasado años generando argumentos en contra del coche híbrido y eléctrico? Solo era posible si los cambiaban a todos, cosa que no se hizo. El coche eléctrico finalmente ha ido ganando terreno, ha mejorado las prestaciones de las baterías y la velocidad de carga de energía hasta igualar las condiciones de los coches de combustión, quedando solo el problema del precio. Con una diferencia tan grande en el consumo de energía del coche eléctricos, con consumo medio de 16 kWh/100 km frente a los 60 kWh/100 km de los coches de combustión, al ver que la factura petrolera de los estados podía disminuir y que los efectos de la contaminación se reducían, la UE decidió fomentar el desarrollo del coche eléctrico. Los estados empezaron a subvencionarlo, así como los puntos de carga eléctrica. Así es como Noruega alcanzó en agosto pasado unas ventas del 94% de coches eléctricos, y China vendió en julio el 50,7%. En España, este mismo julio, las ventas de coches eléctricos fueron del 8,9%. ¿Por qué no penetra más rápidamente el coche eléctrico en España?
El escepticismo es la palabra que acompaña al coche eléctrico en España. Las razones son diversas, desde la falta de puntos de carga, el precio o las informaciones falsas que circulan en las redes. Todo falla por el mismo motivo: no hay un relato adecuado que promueva el cambio.
Las ayudas públicas son un despropósito. Quien las solicite tendrá que esperar más de un año para recibirlas y aún deberá tributar por la ayuda recibida en la declaración de la renta. En otros países, la ayuda se destina al vendedor, y el coche tiene un precio neto, sin más complicaciones. Los puntos de carga son una muestra de que la Administración española tampoco se ha tomado en serio la transición: otros países llevan años realizando licitaciones para concesiones que permitan crecer en puntos de carga, especialmente en electrolineras situadas en grandes vías de tránsito o en las entradas de las ciudades. Y las noticias falsas son resultado de una ignorancia impresionante en las redes, alimentadas por ciertos intereses de empresas de combustibles fósiles, que afirman que los coches eléctricos se incendian, que no tienen suficiente autonomía, que las baterías tienen una vida corta, que no se pueden reciclar, que no hay suficiente litio...
El resultado ha sido que la falta de un relato nos hará perder el sector de la automoción, que representa el 6,5% del PIB catalán. El hecho de que los coches chinos hayan desarrollado e invertido en el coche eléctrico con fondos públicos lleva a plantear que se deben imponer aranceles a su entrada en Europa para compensar estas ayudas. Pero esto no servirá de nada si las compañías automovilísticas no cambian sus estructuras de decisión, si no creen en el nuevo modelo de movilidad, y tampoco si la Administración pública no elabora un relato valiente sobre la nueva economía que se avecina. Hemos perdido demasiado tiempo.
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