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Opinión | Crisis política
Salvador Martí Puig

Salvador Martí Puig

Catedrático de Ciencia Política de la Universitat de Girona

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Un nuevo escenario para Venezuela (y América Latina)

Los anteriores (y potenciales) aliados, y un amplio sector de la izquierda internacional, empiezan a dudar de la legitimidad de Maduro y sus actos

Venezuela pone a prueba el coste del aislamiento internacional que depara la polémica reelección de Maduro

Maduro, en un acto chavista en Caracas, el pasado 17 de agosto.

Maduro, en un acto chavista en Caracas, el pasado 17 de agosto. / AP / LAPRESSE LAP

Hace unas semanas, en mi artículo titulado 'Venezuela: ¿alguna novedad?' reflexionaba sobre las razones por las cuales la oposición venezolana se presentó a unas elecciones que carecían de garantías democráticas. La respuesta tentativa era que había tres razones: la de visibilizar el descontento de centenares de miles de ciudadanos que viven en condiciones cada vez más precarias desde 2013; la de mostrar la naturaleza dictatorial y represiva del régimen de Maduro y, finalmente, la de señalar a las democracias del mundo que ya no es justificable apoyar al régimen venezolano.

Así las cosas, a diferencia de otras convocatorias acaecidas en Venezuela, a día de hoy solo tres regímenes abiertamente autoritarios o iliberales de la región han apoyado incondicionalmente a Maduro, a saber: Cuba y Nicaragua, y más discretamente Bolivia.

No ha sorprendido a nadie que Washington condenara al Gobierno de Caracas y que los gobiernos de Argentina, Paraguay y Perú, y el mismo secretario general de la OEA, denunciaran a Maduro en la Corte Penal Internacional. Pero sí han sido una sorpresa las críticas que ha ido recibiendo Maduro desde diversas formaciones de izquierda y, sobre todo, las posiciones críticas que han tomado líderes progresistas latinoamericanos, que anteriormente habían sido condescendientes con él. Las novedades más relevantes e inesperadas han sido las respuestas de Gabriel Boric y de Lula.

Respecto del mandatario chileno, su rápida reacción sorprendió a propios y extraños. En este sentido, fueron ilustrativos los dos mensajes que Boric lanzó en las redes. Uno que decía: “El régimen de Maduro debe entender que los resultados que publica son difíciles de creer”, y otro que exigía: “total transparencia de las actas y el proceso, y que los observadores internacionales no comprometidos con el Gobierno den cuenta de la veracidad de los resultados”. Esta rápida posición contrastó con la cautela con la que procedieron, en un inicio, los presidentes de Brasil, México y Colombia que -si bien desacreditan la posición “injerencista” de Washington- pedían al Gobierno venezolano que mostrara las actas de votación y que iniciara una vía de diálogo con el candidato opositor Edmundo González.

Pero hoy, a un mes de las elecciones, la respuesta de Maduro ha sido la represión y el cierre autoritario hacia la oposición venezolana, y el ninguneo y acusaciones de apoyar al golpismo hacia el exterior. Es en esta tesitura en que la diplomacia brasileña, que se esforzó por actuar como potencia regional mediando en el conflicto, se ha ido cansando -y distanciando- de Caracas. Las últimas declaraciones de Daniel Ortega en la cumbre de la hoy reducida Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), acusando al Gobierno brasileño (y a otros más) de “servil, traidor y arrastrado”, muestran el aislamiento creciente de Maduro.

De lo expuesto es posible señalar que, a diferencia de otras veces, hoy se abre un nuevo escenario para Venezuela. La novedad no es que Estados Unidos, la Unión Europea o los mandatarios conservadores de la región acusen al Gobierno venezolano de autoritario, si no que sus anteriores (y potenciales) aliados, y un amplio sector de la izquierda internacional, empiece a dudar de la legitimidad de Maduro y sus actos.

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