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Opinión | Tras la investidura de Illa
Rosa Paz

Rosa Paz

Periodista. Comité editorial de EL PERIÓDICO

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En manos de un socio poco fiable

En un nuevo ejercicio de ilusionismo, Junts podría dejar a Sánchez sin poder aprobar las cuentas del Estado, es decir, en una posición aún más inestable que la que padece desde que formó su último Ejecutivo hace menos de un año

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en la Moncloa.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en la Moncloa.

Por más que el PP crea haber encontrado en los trucos de ilusionismo de Carles Puigdemont munición suficiente para atizar de nuevo a Pedro Sánchez, lo cierto es que el pasado jueves, el mismo día que el expresident apareció y desapareció en poco más de un chasquido de dedos, el presidente del Gobierno logró culminar su proceso de normalización de Catalunya. O al menos consumó algo parecido a lo que los comentaristas deportivos del Tour llaman “la etapa reina”, la decisiva. La situación ya está encauzada aunque de aquí a la meta aún le queda un trecho. Muy pocos creían, cuando accedió al Ejecutivo, que su política de desinflamación, objeto permanente de la crítica del PP y Vox y de algunos notables socialistas, acabaría con Salvador Illa en la presidencia de la Generalitat. Pero así ha sido. Con Illa de president y con el independentismo mermado, no solo anímicamente sino especialmente en las urnas, Catalunya empieza con más sosiego una nueva era que, les guste o no a sus oponentes externos e internos, refuerza el liderazgo del jefe del Ejecutivo, además de beneficiar a la sociedad catalana y también a la española.

No se puede obviar, no obstante, que ese fortalecimiento no garantiza la estabilidad de la legislatura ni da soporte alguno a la volátil situación del Gobierno, que precisa para sostenerse de los siete votos de Junts, un grupo que, fatídicamente, está demostrando ser de tan dudosa lealtad como su líder, que parece preferir los numeritos de prestidigitación a la respetabilidad que se espera de un político serio. Es un momento agridulce para el líder del PSOE, una situación que él ya daba por descontada. Sabía que si Illa era investido, Puigdemont y Junts entrarían en cólera, lo iban advirtiendo a cada rato, y que pese a haber ido adoptando medidas que le han supuesto un gran desgaste personal, el ataque radical de la oposición y la incomprensión de parte de su partido, como los indultos, la amnistía y ahora el concierto solidario, del que aún no se sabe casi nada, ni el expresident huido ni sus diputados se lo iban a agradecer. Y aunque parezca paradójico, tampoco se lo iban a perdonar. Hazle un favor a alguien y ganarás un enemigo, dicen los pesimistas.

Así que ahora que necesita sacar adelante los presupuestos de 2025, que serán la verdadera moción de confianza de su Gobierno, se encuentra en manos de un socio tan poco fiable que, en un nuevo ejercicio de ilusionismo, podría dejarle compuesto y sin poder aprobar las cuentas del Estado, es decir, en una posición aún más inestable que la que padece desde que formó su último Ejecutivo hace menos de un año. Podría aguantar sin presupuestos, sería ya el segundo año, pero también podría verse forzado a adelantar las elecciones sin garantía de ganarlas. Siempre y cuando antes de hacerlo a los diputados de Junts no les diera por sumar sus votos a los de la derecha española para echarle del Gobierno. Parece improbable, pero no es imposible. Ahora bien, si pese a todos los obstáculos, Sánchez consigue ratificar los presupuestos parecerá que el auténtico mago es él. 

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