Opinión | PENSAMIENTO PERIFÉRICO

Presidente del Comité Editorial de EL PERIÓDICO
Ni contigo ni sin ti
No es el mejor momento para que se pacten ciertas cosas, pero en política como en la vida lo mejor es enemigo de lo bueno

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y el líder del PSC, Salvador Illa, durante un acto de la campaña electoral. / FERRAN NADEU
Muchos españoles no especialmente politizados sentirán un cierto vértigo al conocer el contenido del acuerdo entre PSC y Esquerra para que Salvador Illa consiga la presidencia de la Generalitat explicado por la portavoz republicana. En la política en España se plantean siempre los acuerdos políticos en forma de concesiones y de imposiciones, no en clave de concordia y conllevancia. Esa dinámica es especialmente perniciosa cuando se abordan cuestiones territoriales que siempre subsumen cuestiones identitarias no necesariamente de corte nacionalista. Hay provincias que defienden sus intereses a capa y espada sin ningún elemento de aspiración secesionista. Por razones históricas, la Constitución de 1978 aceptó la excepción vasca en materia de financiación cosa que singularizó a esta comunidad autónoma de las que también se sentían nacionalidades, por no decir naciones, y del resto de territorios. Solo Miguel Herrero de Miñón defendió en algún momento que la excepción vasca podía ser ampliable a Cataluña. Muchos años después, estamos aquí pero el debate no lo hacemos en una España ilusionada por un nuevo tiempo, sino en una España polarizada, con el partido más votado en la oposición y el presidente del Gobierno declarando ante un juez en la Moncloa. No es el mejor momento para que se pacten ciertas cosas, pero en política como en la vida lo mejor es enemigo de lo bueno.
No hay combinación aritmética viable que permita a Salvador Illa, el ganador de las elecciones catalanas, lograr la presidencia de la Generalitat sin la concurrencia de alguna fuerza que ha formado parte de la mayoría independentista de la última década. Para Illa y para el PSC recorrer ese camino es un riesgo. Muchos, dentro y fuera de Cataluña, van a considerar que inasumible. Incluso corren el riesgo de fracasar y recibir posteriormente un castigo electoral por haberlo intentado. Seguramente, desde la distancia es complicado de entender y de asumir. Pero los españoles de buena voluntad seguramente también piensan que hay que intentarlo porque si no la convivencia en España quedará sometida a la lógica del bolero: "ni contigo ni sin ti tienen mis males remedio".
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