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José Manuel Pérez Tornero

José Manuel Pérez Tornero

Catedrático de la UAB y expresidente de la Corporación de Radio y Televisión Española

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El desgobierno y el deterioro de la democracia

La misma democracia se irá deslegitimando aceleradamente. La ciudadanía se sentiría cada vez más desprotegida y abandonada, y el espectáculo de unas élites políticas enredadas en sus propios juegos partidistas empezaría a resultar insoportable

Una hipotética repetición de las elecciones catalanas sería el 13 de octubre

Sumar admite que una repetición electoral en Catalunya complicaría los Presupuestos Generales

El ple del Parlament de Catalunya de dimecres passat. | ZOWY VOETEN

El ple del Parlament de Catalunya de dimecres passat. | ZOWY VOETEN

Hace dos décadas que la democracia vive una crisis permanente. Desde el hundimiento financiero de 2008 y luego con el covid, las democracias en el mundo tienden a disminuir y los síntomas de deterioro se hacen cada vez más patentes.

Como causa de dicho deterioro se barajan la polarización, el nacionalismo, el fundamentalismo, la desigualdad, etc. Pero hay una causa que, aunque poco visible, tiene un poder destructivo indiscutible: el desgobierno, una forma de parálisis que mina la confianza y puede acabar corrompiendo la vida pública.

Las modalidades más claras de desgobierno son dos. La primera, consiste en la incapacidad de algunos sistemas parlamentario para generar gobiernos. Se da cuando los partidos minoritarios (incapaces de brindar alternativas reales) logran, sin embargo, bloquear la formación de los ejecutivos. La segunda, consiste en crear las condiciones estructurales para que, pese a la existencia de gobiernos, estos vivan permanentemente en inestabilidad. Desgraciadamente, ambas modalidades vienen siendo muy frecuentes en nuestro entorno.

Gran Bretaña es un buen ejemplo. Desde el Brexit, ese país vive en inestabilidad permanente, lo que le ha provocado decadencia económica y un grave deterioro de sus servicios públicos. Francia, por su parte, se ha abocado, tras la disolución del parlamento, a un dilema perverso. O bien cede el ejecutivo a los herederos del colaboracionismo con los nazis. O bien, en el mejor de los casos, entra en un período de casi bloqueo que generaría enormes dificultades para formar gobiernos.

En España, la situación no es mejor. Si alguna minoría -de las que apoyaron en su día la investidura del presidente del Gobierno- impidiera (por la razón que sea) la aprobación de los presupuestos, entraremos en una compleja deriva de desgobierno -que se sumaría a la inestabilidad que ya generaron en su día los largos períodos de gobiernos en funciones, disoluciones parlamentarias abruptas e instituciones no renovadas-.

Pero, lamentablemente, todo es susceptible de empeorar. Si a finales de julio no se atisba aún la posibilidad de alumbrar un gobierno en Catalunya -y está claro que solo puede conformarse en torno a Illa y al PSC-, la perspectiva de repetición electoral (en Catalunya y, presumiblemente, en España) provocaría un auténtico tsunami de desgobierno que haría no gobernable Catalunya, y, en cascada, España y la UE. Las consecuencias son fáciles de imaginar. Las instituciones se paralizarían. Los servicios públicos se irán haciendo cada vez más torpes e ineficaces. Y las reformas estructurales necesarias se pospondrían indefinidamente.

Pero lo más grave es que la misma democracia se irá deslegitimando aceleradamente. La ciudadanía se sentiría cada vez más desprotegida y abandonada, y el espectáculo de unas élites políticas enredadas en sus propios juegos partidistas empezaría a resultar insoportable. Y como colofón y conclusión, la marea creciente de la extrema derecha (perceptible ya en países como los del norte europeo, Italia y Francia) llegaría a Catalunya y España. Muy probablemente, antes de fin de año.

Por eso, en este contexto preciso, es tan decisivo formar cuanto antes un gobierno en Catalunya y dar, así, estabilidad al de España. Un país -o una autonomía- sin gobierno es como un barco a la deriva, incapaz de responder a los retos que exige navegar por un sistema económico y tecnológico cada vez más complejo y exigente. Impotente para sostener sus servicios públicos (especialmente, la protección social, la sanidad, la educación y el acceso a la vivienda). Abocado al empobrecimiento, se convertiría en no muy largo plazo en una especie de agujero negro por el que se colarían la inseguridad y una creciente tensión social.

El aún presidente de EEUU, Joe Biden, llevaba razón cuando en sus primeras intervenciones al asumir el cargo, se planteó como el gran objetivo de su gobierno mostrar que la democracia era útil para la ciudadanía. Según él, este era el mejor antídoto ante la propagación de la autocracia. Pues bien, este es nuestro reto aquí y ahora: formar gobiernos estables para frenar la reacción antidemocrática y la involución social.

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