Opinión |
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Josep Maria Fonalleras
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Kylian Mbappé: los valores de la camiseta

La irrupción del nuevo jugador del Real Madrid, quizás el jugador francés más mediático de la historia, es un hito más en el camino de imaginar futbolistas que no sean amorfos y neutrales

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Kylian Mbappe.

Kylian Mbappe. / LaPresse

No nos engañemos. Kylian Mbappé no es un revolucionario. Ni siquiera un reconocible adalid de las causas nobles, más allá de las habituales militancias de los deportistas en reivindicaciones y solidaridades emotivas, pero no especialmente comprometidas. Ha habido jugadores, a lo largo de la historia, que se han implicado con mucha más intensidad y más atrevimiento que él. Sin ir más lejos, su compañero de selección Marcus Thuram, que, ese sí, el día antes de las famosas declaraciones del ahora delantero del Real Madrid, dijo fervorosamente que había que detener el avance del Reagrupamiento Nacional. Mbappé, recordémoslo, fue mucho más explícito de lo que suelen ser los deportistas en general, pero clamó contra las fuerzas extremistas que están a punto de conseguir el poder. Aunque es cierto que apoyó las manifestaciones de Thuram, habló de los extremos, en un intento de no decir el nombre de Le Pen, como si el renacido Frente Popular fuera equiparable al otro Frente, el ultraderechista. Insinuaba que la solución seguía pasando por dar confianza al centrismo de Macron, con quien mantiene una buena relación de amistad y de quien se asegura que fue decisivo, en 2022, para que Mbappé no fichara entonces por el Madrid. Justo antes del Mundial de Qatar, el futbolista dijo que “había oído el grito de la patria y de la capital” y también los ruegos de Macron, seguidor del Olimpique de Marsella, por cierto, para que se quedara en Francia. Y pensemos que fue en una conversación cazada al vuelo entre el ídolo y el presidente, en la concentración de la selección tricolor, cuando se confirmó, año y medio después, que Mbappé finalmente había cedido al canto de la sirena madridista.

Los más afectados por las declaraciones, los del RN, han dicho lo que suele decirse en estos casos, que los futbolistas es mejor que se callen y que jueguen a fútbol, que es, por otra parte, lo que también han afirmado con fervor, con la parsimonia habitual de las estrellas, jugadores como el español Unai Simón o como el francés Rabiot. El vicepresidente del RN ha reclamado que "cuando se tiene el honor de vestir la camiseta del equipo de Francia, hay que tener algo de contención" y el propio Jordan Bordella, que aspira a ser primer ministro después de las elecciones, ha recorrido al tópico más usual, que Mbappé es un deportista de élite, que cobra un sueldo escandaloso, que viaja en jet privado y que, por supuesto, no vive en un barrio marginal sometido al dictado de la delincuencia.

Decía que Mbappé no es Thuram, que sigue la senda de su padre, pero tampoco es comparable, por ejemplo, con el holandés de origen marroquí Anwar El Ghazi, que fue despedido este otoño del Mainz05 alemán por haber grabado un vídeo a favor de los niños de Gaza. “Defiendo lo correcto, incluso si eso significa que me quedo solo”. Existen varios ejemplos de esta militancia, aunque no son mayoritarios. Quizá el caso más extremo sea el de Sócrates, el excepcional centrocampista brasileño de los años 80, que luchó contra la dictadura militar y que siempre lucía una cinta en la cabeza con lemas a favor de los derechos humanos y de las revueltas populares, como “Justicia para los pobres” o “Ganar o perder, pero con democracia”. Más tarde declaró: "La gente me dio el poder como un futbolista popular, y si la gente no tiene el poder de decir las cosas, entonces yo las digo en su nombre". Pero podríamos citar a otros: Cristiano Lucarelli, del Livorno, comunista convencido, que enseñó una camiseta con la figura del Che Guevara después de marcar un gol con la selección. O Iríbar y Kortabarría, que en 1976, entraron en el césped de Atocha con una ikurriña, medio escondida en el vestuario, cuando la bandera estaba aún prohibida. O el propio Zidane, que se enfrentó a Le Pen padre en la campaña del 2002. Hacía poco que Francia había ganado su primer Mundial (1988) con una selección que fue bautizada como multirracial y que recibió el apodo de “black-blanc-beur” (negra, blanca, árabe). Una selección que fue criticada porque varios jugadores no se sabían la letra de la Marsellesa. En palabras de Jean-Marie Le Pen: "Es artificial que hagamos venir a jugadores extranjeros para bautizarlos como el equipo de Francia". Las polémicas, por tanto, no son de ahora. La irrupción de Mbappé (“no quiero representar a un país que no refleja mis valores”), quizás el jugador francés más mediático de la historia, es un hito más en el camino de imaginar futbolistas que no sean amorfos y neutrales.

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