Opinión |
La espiral de la libreta
Olga Merino

Olga Merino

Periodista y escritora

Por qué confiar en El PeriódicoPor qué confiar en El Periódico Por qué confiar en El Periódico

Bruuum, bruuum, bruuum

Espectáculo de Fórmula 1 en el cogollo de Barcelona. ¿Hacía falta? La ciudad ya no necesita más reclamos turísticos, sino gestionar bien el que afluye 

Rugen los motores en Passeig de Gràcia en una Barcelona entusiasmada con la Fórmula 1

Louis Vuitton presenta en el Park Güell su colección 'Crucero 2025'

La Fórmula 1 toma el centro de Barcelona.

La Fórmula 1 toma el centro de Barcelona. / MANU MITRU

Malvendí mi moto. Una carraca, cierto, pero me iba estupenda para los recados y para atender las urgencias domésticas de los padres ancianos. Un golpe de Scoopy y me plantaba donde fuera en un pispás. Aunque superó la ITV, tuve que deshacerme de ella, digo, porque la despojaron de la etiqueta verde. Resulta que mi cacharro contaminaba y no así el megayate de Mark Zuckerberg (creador de Facebook, WhatsApp e Instagram), que ha recalado en aguas baleares y que gasta unos 10.000 dólares diarios en combustible. Parece que tampoco emponzoñaron el aire los bólidos de la Fórmula 1 que, rugiendo como bestias prehistóricas, tomaron el centro de Barcelona para complicar aún más el tráfico y la movilidad de los ciudadanos. Si se trataba de un reclamo para mantener las carreras en Montmeló, ¿por qué no se llevaron las piruetas al circuito de Montjuïc? Además, si los barceloneses llevamos unos cuantos años ya comulgando con el credo del abandono paulatino del coche, parece un contrasentido organizar una exhibición automovilística en el cogollo de la ciudad. Uno de los monoplazas del ‘show’ iba pintado como un ‘trencadís’ de Gaudí. Por lo menos, nos hemos llevado la renovación del asfaltado del paseo de Gràcia entre Gran Via y Aragó. Que estaba previsto, dicen. Bienvenidos a la mejor vitrina del mundo mundial.

Primero fue el desfile de Louis Vuitton en el Park Güell, cuyo reglamento no permite actividades lucrativas; luego, la astracanada de la F1en la plaza de Catalunya; entre agosto y octubre, durante la celebración de la Copa América, vecinos y trabajadores de la Barceloneta necesitarán acreditación para acceder al barrio; y en el verano de 2026, la ciudad acogerá la salida del Tour de Francia, lo que se conoce como el grand départ, y en el resto de Catalunya se desarrollarán tres etapas. El dinero espectáculo disfruta una barbaridad con este tipo de saraos. El alcalde, el socialista Jaume Collboni, asegura que estos acontecimientos están pensados para el disfrute de los catalanes, y que colocan en el «epicentro» a Barcelona, que no quiere renunciar a ser «una gran capital internacional del deporte». Resaca olímpica. Por de pronto, la organización del evento ciclista costará a las administraciones unos siete millones de euros —compartirán el gasto Ayuntamiento, Generalitat y Diputación—, pero aún no se ha hecho el cálculo de cuánto devengará la operación ni quién se llevará el cacho grande.

Barcelona tiene, creo, otras prioridades. El metro, los buses y los ‘caps’ están a reventar. Desde el robo del cobre, los trenes de cercanías apenas si han levantado cabeza del caos habitual. La ciudad es un enjambre de habitaciones realquiladas, como en la posguerra, ante la imposibilidad de arrendar un piso en condiciones para la mayoría de los bolsillos. Si se trata de hacer la vida más amable a los ciudadanos, las playas del área metropolitana, por ejemplo, han arrancado la temporada con un 20% menos de arena. ¿Turismo? Sí. Pero ya hay bastante con el que tenemos; no necesitamos más señuelos.

Suscríbete para seguir leyendo