Opinión |
Paseo de Gràcia
Álex Sàlmon

Álex Sàlmon

Periodista. Director del suplemento 'Abril' de Prensa Ibérica.

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La Fórmula 1 que agita Barcelona

En los últimos años Barcelona se ha transformado. De ser una ciudad espontánea, a estar controlada por reglas donde la diversión debía estar estipulada.

BCN crea una superilla sense vianants al passeig de Gràcia per a la F1

BCN crea una superilla sense vianants al passeig de Gràcia per a la F1 / CARLOS MÁRQUEZ DANIEL

Mi generación, la que nació en los 60, creció en una Barcelona triste y gris. Las fachadas de sus edificios reproducían el momento mental de aquella sociedad. O eran antiguas y sucias, o eran nuevas y anodinas. He escrito en varias ocasiones que en la Casa Batlló había una clínica de análisis donde mi tía, profesional del Hospital Neurológico de la calle Llull, ya desaparecido, me llevaba a que una compañera suya me extrajera sangre de forma regular. Era un edifico espantoso donde mi potente imaginación de niño me conducía a pesadillas tremebundas. La angustia de que alguien te chupara la sangre con una jeringa se mezclaba con el techo del terrado que parecía la piel de un monstruo con escamas. Ahora se asemeja al caparazón de un dragón divertido. Entonces, no. Más bien repugnante. Los chavales de aquella Barcelona donde, es cierto, todavía se podía jugar al fútbol en el paseo de Sant Joan, entonces General Mola, vivían rodeados de esa escenografía apagada y sin luz.

Después llegó una época de fiestas en la calle. El Grec, la Festa del Treball en Montjüic, la Mercè, las acciones contraculturales en la calle, con Ocaña incluida, los conciertos en el Moll de la Fusta, todo era aire fresco. La ciudad seguía gris, pero la calle se iluminaba con música, con sonidos sin sentido y sin normas. Todo comenzaba. El resto ya lo saben: “Barcelona posa’t guapa”, los bares con un diseño divertido, las Olimpiadas del 92, etc. Poco a poco los despachos municipales se llenaron de burócratas que limitaban la locura mesurada en la ocupación de la calle. Podía ser normal. Había que poner orden. Pero ese sentido regularizador coherente con una gran ciudad pasó a estar controlado por funcionarios que cuantas más normativas ponían más consolidaban su posición en el espacio público. Llegó un momento en que el motivo de la alegría pública se desvaneció y la norma pasó a liderar el espacio.

Sin mirar a nadie, sin concretar épocas, ni alcaldes, en los últimos años Barcelona se ha transformado. De ser una ciudad espontánea, a estar controlada por reglas donde la diversión debía estar estipulada. Comenzó a ocurrir con Joan Clos y prosiguió hasta Ada Colau ya de forma exagerada.

Desde la llegada de Collboni se va dejando ver una pequeña ventana abierta. Primero fue el desfile de la marca Louis Vuitton por el Park Güell donde los anodinos de siempre criticaron la utilización del parque. Ahora la reinvención del Paseo de Gràcia, al menos un día, en una imaginada recta de circuito urbano de Fórmula 1. 

Las dos acciones, sobre todo la segunda, van en la línea de las grandes ciudades que acompañan el gran acontecimiento con otros actos para que toda la ciudad se zambulla en ellos. Ocurre en Milán, son especialistas, en París, Londres, Berlín, Nueva York, Fránkfort y otras muchas ciudades que logran que, gracias a cientos de actividades, el ritmo no se detenga.

En la calle debe pasar siempre algo. Eso es tener una ciudad que vibra y que se convierte en generadora de puestos de trabajo y proyectos. La Barcelona de los 60 producía parados y somnolencia. La de las Olimpiadas, trabajo y alegría. Lo recuerdo bien. Pues que siga la fiesta. 

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