Opinión |
Parecidos razonables
Miqui Otero

Miqui Otero

Escritor

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Tú también puedes ser (el gafitas) de Vox

El doble facha ha venido al mundo para recordarte que todos podemos acabar siéndolo

Figaredo.

Figaredo.

Que te mire mal por el espejo un taxista es tan alarmante como que lo haga un peluquero: tu vida está en sus manos, porque él tiene en las suyas o el volante o unas tijeras.

Así que no es nada tranquilizador que mi conductor pise el acelerador mientras el retrovisor enmarca una mirada acusatoria. Sus ojos parecen aún más asqueados en el semáforo en rojo. Me pregunto qué le he hecho. ¿No está de acuerdo con mi última columna? ¿Acaso mi novela le parece infame? Vuelve a arrancar y su mirada es la de Travis Bickle en la última escena de 'Taxi Driver'. ¿Voy a aparecer descuartizado en el puerto logístico o en Oportunidades de El Corte Inglés?

Sin embargo, cuando se detiene en la boca de las Ramblas, su gesto se suaviza, se gira para ofrecerme su rictus más amable y confiesa: “Tío, lo siento, llevo todo el trayecto pensando que eras ese de Vox”. Respiro aliviado y, a renglón seguido, me preocupo, un poco como Woody Allen al salir de la consulta del médico en 'Desmontando a Harry'.

Porque entonces recuerdo: no es la primera vez que me sucede. La primera vez que me informaron de que me parecía a José María Figaredo, presidente de Vox Asturias y candidato a las europeas, no la tengo en cuenta. Me lo dijo mi amigo Abel. “Qué cabrón”, contesté, sin darle mayor importancia. Al fin y al cabo, él, con su pelo escarolado, se parece poderosamente a Teo, el de los cuentos, y por su cuarenta aniversario le regalé una camiseta con una viñeta del personaje donde se leía: “Teo cumple 40”. Me la debía.

Sin embargo, Mari Carmen Juan, subdirectora del programa de Julia Otero, en el que colaboro cada viernes, me lo quiso insinuar el otro día. Lo hizo con tacto, encabezando esa información con un titubeo tragicómico. No la dejé acabar: “Sí, lo sé, no sigas”.

La vida es como el pan: más dura a medida que pasa el tiempo. Aunque parezca imposible, o improbable, hasta hace poco (una década), me sacaban parecidos más deseables: con Ewan McGregor, por ejemplo. Eso ha quedado rotundamente atrás.     

Es complicado, lo de los parecidos. Es imposible contestar bien a la pregunta de quién querrías que hiciera de ti en tu hipotético 'biopic'. Si dices George Clooney, pecarás de soberbio o de loco. Si dices que un hermano Calatrava, de falsa modestia. Lo mejor es esperar a que te lo digan otros. Pero esos otros son los que me dicen ahora que me parezco a ese tipo de Vox, sobrino de Rodrigo Rato, con voz de fiesta de globos de helio, con mil pulseras rojigualdas de hilo. Y, sí, con patillas, mandíbula amplia y gafitas de montura redonda. Quiero pensar que es por eso que me sacan el parecido, aunque Papá Pig también tiene esos lentes (y preferiría que me compararan con él).

Así que el caso es que he de asumir que tengo un doble ultraderechista. Y vivir con ello. Lo del doble es muy literario. Está el de aquel personaje de Dostoievski en 'El Doble', Goliadkine, que en un mundo de locura y burocracia tiene mucho más éxito que él en el trabajo y la vida. O el Smurov de 'El Ojo', de Nabokov, tan introspectivo y autoconsciente que se ve a sí mismo desde fuera, como si fuera otro. O el William Wilson de Poe, cuyo doble es más virtuoso y afea la conducta del original. O ese niño del bus de 'Una flor amarilla', de Cortázar, reconocido por un borracho que detecta en él a quien fue de muchacho, antes de que todo se torciera.

A esta larga tradición de dobles (el trepa, el interior, el virtuoso, el infantil) llega el doble literario del facha. El doble facha ha venido al mundo para recordarte que todos podemos acabar siéndolo. Ante la reflexión de que son los jóvenes los que votan a la ultraderecha por la influencia de los móviles, o los malos obreros porque viven engañados, el doble facha aparece para recordarte incluso tú puedes acabar siendo de ellos. Mientras la izquierda juega al juego de las sillas musicales y el fascismo toma media Europa, pensar que nosotros no tenemos nada que ver es el atajo para que suceda.

Podría disfrazarme al revés: afeitarme las patillas (que llevo desde que me salieron), dejarme barba para disimular el dibujo de mi quijada, cambiarme de gafitas. Así no me parecería a Figaredo. Pero creo que es más conveniente afrontar el parecido y estar en permanente tensión para no convertirme en mi doble, en uno de ellos.

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