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Emma Riverola

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Escritora

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Jaime Caravaca: que solo la risa del público le juzgue

Ningún chiste del cómico murciano va a provocar una muerte por hilaridad ni frenará a los nazis ni merecerá un monolito en su honor, pero defender su derecho a expresarlo sí puede ayudarnos a vencer más de una batalla

Jaime Caravaca, en 'La resistencia'.

Jaime Caravaca, en 'La resistencia'. / Movistar

Hay muchos tipos de humor. El irónico, el negro, el blanco, el grotesco, el absurdo… Tratar de diferenciar entre un buen o un mal chiste no es fácil. El contexto lo es todo. Lo que nos parecía gracioso hace décadas, ahora nos puede resultar penoso. Por melifluo o por ofensivo. ‘El chiste más gracioso del mundo’ (1969) es un 'sketch' de los Monty Python sobre un chiste mortalmente divertido. Tan, tan cómico que hasta su autor muere de risa al acabarlo. También su mujer al leerlo. Y los policías que investigan el caso. Ante su potencial destructivo, los ingleses lo utilizan como arma de guerra contra los nazis. Al fin, cumplido con creces su objetivo, el chiste es enterrado en el campo de Berkshire para no ser nunca más contado. En el monolito conmemorativo puede leerse: “Al chiste desconocido”.

No habrá un monumento al chiste más famoso de Jaime Caravaca. Entre otras cosas, porque el que provocó que un neonazi fuera a buscarle al local donde actuaba, se aupara al escenario y le lanzara dos manotazos en la cara tenía poco de gracioso. Ni irónico ni negro ni blanco ni grotesco ni absurdo. Unos días antes, el agresor -especializado en mensajes supremacistas, homófobos y racistas, condenado por el Tribunal Supremo por delitos de odio- había publicado un tuit mostrando su bebé de tres meses. El humorista comentó la publicación: “Nada ni nadie podrá evitar la posibilidad de que sea gay, y de mayor se harte de mamar polla de negro. Y de negro obrero, nada de futbolistas”. Pues sí, un chiste de pena.

Es de imaginar que Caravaca incluyó en su mensaje todo lo que imaginó que sería repulsivo para el orgulloso padre. No es la primera vez que el humorista chapotea en el agravio. Cuando el agitador de extrema derecha, Bertrand Ndongo, hizo un tuit dedicado a su madre, el cómico respondió: “El coño de tu madre es como una cañería. De ahí solo ha salido mierda”. Al saber que la presidenta de la Comunidad de Madrid había sufrido un aborto: “Ayuso ha perdido a la criatura que esperaba, porque a ver quién aguanta nueve meses a esa señora”. Otro más: “Ha muerto Arévalo. ¿Con quién va a follar ahora Bertín Osborne?”. Pues sí, uno detrás de otro, cuestan de digerir. 

Caravaca (Murcia, 1985) hizo cursos de arte dramático y trabajó en la compañía de teatro Guerra de Lorca, pero su trayectoria profesional ha estado enfocada a la comedia. Su carrera como monologuista vivió cuatro años de gloria al formar parte del programa ‘La Resistencia’. El 4 de julio de 2021 anunció que el programa le había despedido. Desde entonces, ha estado de gira con su espectáculo ‘Caravacabaret’ y es un habitual en las noches de comedia de Murcia. 

“Me gusta hablar con gente que no conozco, intercambiar impresiones”, comentaba el cómico en una entrevista en 2020. Aseguraba improvisar y no autocensurarse nada, “porque si lo hiciera, no estaría haciendo bien mi trabajo; habría una parte de lo que puedo ofrecer que no se la estaría dando al público, que es el que tiene la palabra a la hora de recibirlo”. A Caravaca se le puede cuestionar la comicidad de sus chistes, pero no su coherencia: la autocensura parece brillar por su ausencia. Especialmente en Twitter, ese lugar donde algunos escupen fuego y creen que nada se quema en el mundo real. Hasta que dos guantazos en la cara te dejan arrinconado en el escenario. 

Ser cómico no es fácil. Requiere ingenio e inteligencia. Saber conectar con las emociones del público y ofrecer unas lentes distintas y originales para ver el mundo. Todo humorista crea un personaje. Una suerte de ‘alter ego’ que hace de interlocutor entre el creador y los espectadores. Es ese hombre vestido de negro, gafas oscuras, cigarrillo en la mano y rostro inmutable que se llamó Eugenio. Aquel ‘jarl’ de Chiquito de la Calzada. O el humor liberador y absurdo de un Gila que conjuró como nadie el dolor y la caspa de una dictadura. Es posible que ese tipo zafio que se dedica a escribir tuits en las redes sociales sea un personaje de Caravaca, o quizá es él mismo. En realidad, importa poco.

Ningún chiste del cómico murciano va a provocar una muerte por hilaridad ni frenará a los nazis ni merecerá un monolito en su honor, pero defender su derecho a expresarlo -aunque se nos atragante- sí puede ayudarnos a vencer más de una batalla. Porque, más allá del Código Penal, solo la risa del público puede castigar o premiar el humor. Y no los matones que combaten las palabras con puños. 

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