Opinión | OPINIÓN
Pilar Galán Rodríguez
Indiana Jones
Si hubiera sabido que leer tanto, que escribir, que sentirme tan distinta, iban a ser mi pasaporte para la felicidad de ahora, me hubiera ahorrado muchas tardes de tristeza, pero la vida suele venir sin manual de instrucciones y sin posibilidad de ver el futuro

indiana jones
Eran otros tiempos, que ahora parecen inventados, y yo llevaba el pelo muy corto, leía como si no hubiera un mañana, y miraba el mundo a través de unos cristales gruesos que volvían pequeños mis ojos.
Acababa de empezar primero de BUP, eso tan antiguo, en un nuevo instituto, con nuevos profesores y compañeros, y aquel septiembre no podía adivinar que muchos años más tarde volvería para acompañar en su graduación y hablar de mis lecturas, de lo que escribo, a alumnos tan jóvenes como era yo, pero quizá mucho menos perdidos.
Si hubiera sabido que leer tanto, que escribir, que sentirme tan distinta, iban a ser mi pasaporte para la felicidad de ahora, me hubiera ahorrado muchas tardes de tristeza, pero la vida suele venir sin manual de instrucciones y sin posibilidad de ver el futuro.
Era octubre, acababan de pasar las fiestas de san Miguel, en Navalmoral, mi pueblo, y el verano ya había dejado de ser una promesa interminable para convertirse en un otoño caduco de miedos y asignaturas temidas, como las matemáticas, cargadas de variaciones, permutaciones y combinaciones de ene elementos tomados de ene en ene.
Yo quería ser profesora o arqueóloga, y desde luego iba a recorrer el mundo fuera como fuera, sin casarme ni tener hijos. Entonces, estrenaron Indiana Jones y la última cruzada, ese prodigio, ese homenaje maravilloso al cine de aventuras, esa historia que convierte a un profesor en héroe, a la arqueología, en un destino, y a la aceptación y el respeto por lo desconocido, en una forma de vida. Los malos eran malos siempre, pero Indiana era un personaje que evolucionaba desde el cinismo a la comprensión de lo que no se puede explicar solo con la ciencia.
Eso lo entendí más tarde, esos días solo disfruté de una historia muy bien contada, tan bien, que daban ganas de vivir así, al borde del abismo, siempre en busca de nuevas aventuras. Luego llegaron El templo maldito, y La última cruzada, aún a la altura, y las calaveras de cristal, que ya no fue lo mismo. Y fuimos echándonos años encima, y renunciando a veces, y otras, consiguiendo nuestras aspiraciones, más allá de cualquier pronóstico.
Ahora que estrenan la última de Indiana, la historia de un héroe cansado, mayor, seguramente desencantado y a punto de jubilarse, siento que Harrison Ford nos representa un poco a todos los de esos días, aunque parezcan mentira. Late en nosotros el espíritu y el olor a aventura de Indiana Jones, sus ganas de comerse el mundo, las nuestras, en aquellos años en que jugábamos en la calle, nuestra rebeldía era el primer cigarro o sacarnos la camisa por fuera, el pasado no existía, el presente era una pura incertidumbre y todos nuestros futuros, sin excepción, nos parecían perfectos.
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