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El grupo Wagner

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La vulnerabilidad de Putin

El presidente ruso intenta presentar a la sociedad rusa como clemencia lo que ha sido una muestra de debilidad

Vladimir Putin pasa junto a un soldado durante el desfile del Día de la Victoria.

Vladimir Putin pasa junto a un soldado durante el desfile del Día de la Victoria. / EFE

El pacto urdido con el presidente de Bielorrusia, Aleksándr Lukashenko, para que el líder del grupo Wagner, Yevgueni Prigozhin, detuviera sus tropas a unos 250 kilómetros de Moscú revela la debilidad y la vulnerabilidad del presidente ruso, Vladímir Putin. Que un hombre como él, que no ha dudado en liquidar opositores acusados de hechos mucho menos graves que los protagonizados por Prigozhin, se haya visto obligado a aceptar que los mercenarios rebeldes queden impunes y que su jefe esté libre (por ahora) es un signo de impotencia que Putin no podrá quitarse de encima. En su sorprendentemente breve discurso de la noche del lunes, Putin intentó mostrar su actuación como un gesto de clemencia ante quienes han combatido por su país, y de responsabilidad al haber preferido evitar «un baño de sangre» a pesar de haber podido reprimir el golpe por la fuerza. Ofreció, de nuevo, a los mercenarios tres posibles salidas (licenciarse, entrar en las filas del Ejército o refugiarse en Bielorrusia), sin mencionar a su líder.

En un país como Rusia de larga tradición autoritaria, donde Putin ha forjado su poder y su prestigio social con una mezcla de autoridad despiadada ante cualquier atisbo de contestación y de mediación entre las élites económicas y militares, sorprende que un dirigente como él haya aceptado un acuerdo que puede resultar tan desfavorable para su futuro político si, después de haber acusado a Prigozhin de alta traición, la benevolencia acaba siendo interpretada como debilidad. Máxime cuando no es cierto, como sostiene este, que no se derramara una gota de sangre durante la asonada. El derribo de un avión y varios helicópteros que intentaron, con poco éxito, detener la columna de blindados de Wagner costó por lo menos 20 bajas mortales a las tropas rusas, entre ellas las de algunos oficiales. 

Para acabar de valorar el alcance de la humillación sufrida por Putin, deberemos esperar a conocer los detalles de este insólito episodio político-militar. Y si su venganza llega aunque sea en frío. Habrá que esperar a que finalice, pues si en algo están de acuerdo la mayoría de los expertos y cancillerías es que estamos aún en el primer 'round' del enfrentamiento. Lo seguro es que una operación como esta, que empezó con los mercenarios ocupando Rostov, siguió con una marcha sobre Moscú y finalizó sobre la base de un oscuro acuerdo que no hace sino añadir incertidumbre a lo ocurrido, no quedará como la ingenua protesta con la que ahora Prigozhin pretende zanjar la cuestión. 

En las formas, el conflicto desencadenado por el líder del grupo Wagner se mueve entre la tragedia y la farsa, pero sería insensato restarle importancia. Que un grupo de mercenarios liderados por un personaje histriónico haya campado por sus anchas, durante 48 horas, en un país que dispone de cerca de 6.000 cabezas nucleares debe ser motivo de preocupación en todo el mundo. No solo en Occidente. El silencio mantenido por el Gobierno chino es significativo. Como lo es que los otros únicos apoyos inequívocos que Putin ha recibido sean los de Irán de los ayatolás, la Turquía de Erdogan y la Venezuela de Maduro. Las grandes potencias deben tomar nota de lo ocurrido y deben acordar, por encima de sus divergencias, mecanismos de seguridad para hacer frente a situaciones semejantes que pueden poner en riesgo la seguridad de todo el planeta.