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El triste fin de un puzle

Alguien ha abandonado un puzle en mi calle, apoyado en un árbol. Parece encolado, tendrá unas dos mil piezas y es el reflejo de un paisaje suizo

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puzle / Unsplash

Martes. Alguien ha abandonado un puzle en mi calle, apoyado en un árbol. Parece encolado, tendrá unas dos mil piezas y es el reflejo de un paisaje suizo, con un chalé y un jardín en primera línea, y árboles y montañas nevadas al fondo. La parte de los árboles, con las hojas de colores otoñales, debía de ser difícil. Pienso en la persona que lo hizo, en las horas poniendo pieza tras pieza, en el orgullo de fijar la última, y me pregunto por qué se ha desprendido de él. ¿Estaba cansado de verlo? Colgadas en la sala de estar, estas imágenes tan tópicas pueden ser muy aburridas,

Miércoles. El puzle sigue en el mismo sitio, pero el pegamento se ha cuarteado y empiezan a faltar piezas, como si las montañas se deshicieran poco a poco. En la acera, un rastro de figuras solitarias. Podría ser una metáfora del cambio climático, pienso a la ligera. También podría ser un reflejo más real del fin de una vida: una vez muerto el autor del puzle, los herederos no quieren ni verlo.

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Jueves. Esta noche la brigada del ayuntamiento pasa a recoger los cachivaches que la gente deja en la calle. Se llevarán el puzle, que ahora mismo ya solo conserva unas cuantas piezas y más bien parece abandonado por ser demasiado difícil. Alrededor del puzle hay un montón de muebles viejos, somieres de madera, armarios desmontados, residuos de un piso vaciado a toda prisa. Cada jueves lo mismo, nadie quiere ya los objetos y muebles viejos, llenos de carcoma. Ni regalados. Al contrario: te cobran por venir y llevárselos. La memoria de los objetos desaparece o, con suerte, va a parar a los Encants. Ayer, en una tertulia televisiva, Eduard Voltas contaba que en Barcelona la oferta de pisos de Airbnb triplica a la de pisos de alquiler. Los propietarios ponen muebles funcionales en su piso de Airbnb, que sean fáciles de limpiar y con un aire familiar, como de Ikea.

Viernes. En la acera todavía se ven algunas piezas del puzle, repartidas aquí y allá. Pasa un turista, una se engancha en la rueda de su maleta, pertinaz en su voluntad de significar algo.