Opinión |
El caso Negreira

Matar al mensajero | Reacción sectaria al caso Negreira

El Barça y su entorno no solo pueden parecer menos que un club, sino peor que la más fanática de las sectas

Enríquez Negreira

Enríquez Negreira

Carles Francino

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“Barcelona no paga traidores”, “sicarios de la caverna madridista”, “ratas”, “Judas…” Algunos periodistas deportivos de Radio Barcelona, singularmente Sique Rodríguez y Jordi Martí, han descubierto que el Barça y su entorno no solo pueden parecer menos que un club, sino peor que la más fanática de las sectas. Menos que un club porque algunos directivos han estado años pagando una pasta al número dos del estamento arbitral y generando una sospecha tan enorme que hasta los tribunales de justicia y la UEFA ya se han puesto a investigar. Pueden caer chuzos de punta; del daño reputacional mejor no hablamos porque es incalculable. Y peor que una secta de fanáticos por dos motivos: por el silencio atronador de la masa social, renovado en cada partido en el Nou Camp; y porque algunos de sus aficionados, reconvertidos -¿y teledirigidos?- en buscadores de herejes, han emprendido una campaña de acoso contra quienes se atrevieron a lavar trapos sucios fuera de casa. Objetivo: matar al mensajero. Estrategia: la mejor defensa es un buen ataque. O no. Porque han pasado casi dos meses desde el estallido del caso Negreira y la única respuesta oficial ha sido aludir a una supuesta conspiración de los enemigos de siempre. O sea, paupérrima defensa. La gesticulación propia de alguien pillado en falta y que no acierta a dar explicaciones porque estas no existen. Es lo que hay.

El Barça pagó, eso está acreditado. Y tarde o temprano se conocerá toda la historia. Otra cosa es que algunos adictos a los atajos en busca de exclusivas se hayan precipitado al hablar de posibles amaños de partidos y títulos adulterados. No estamos en esa casilla. Y espero que no lo estemos nunca. Pero el señalamiento de periodistas, la cortina de humo de presuntos complots y el escaqueo de responsabilidades hacen aflorar otra vez el mal endémico de confundir la parte con el todo, las personas con las instituciones. En Catalunya tenemos, por desgracia, demasiados ejemplos de esa confusión interesada. Nadie puede expedir carnés de buenos y malos catalanes, o de buenos y malos culés. Patriotas de pacotilla, abstenerse.

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