
Escritora
Líderes del derrumbe
El debate público vive en un permanente estado de alerta, y se magnifican anécdotas para convertirlas en agravios dignos de campañas bélicas

Muestras de duelo ante el domicilio de los gemelos en Sallent. / ACN
Aún era poco más que una voluntad: llamarse Iván en vez de Alana, iniciar un proceso de transición de género. Sus padres no lo sabían, pero sí sus compañeros de escuela, que se burlaban. Su suicidio y la tentativa de su hermana nos han conmocionado. Respetar la voluntad, el nombre de Iván, no solo parece un postrero reconocimiento, sino un intento de ayudar a aquellos adolescentes LGTBIQ+ que puedan sufrir el estigma. Pero hemos tenido que convertir ese gesto en una batalla campal, jugando con el dolor para convertirlo en artillería pesada, despojando de toda posibilidad de bondad las decisiones del adversario ideológico y alimentando la trinchera propia, aunque sea a base de carnaza podrida.
El debate público vive en un permanente estado de alerta, y se magnifican anécdotas para convertirlas en agravios dignos de campañas bélicas. El caso de la enfermera del hospital Vall d’Hebron quejándose de la obligatoriedad del nivel C1 de catalán para opositar en Catalunya es otro ejemplo. ¿Tiene sentido tomar un vídeo de TikTok como una afrenta para todo un país? ¿Hay que magnificarlo y convertirlo en un ataque a una lengua? Unos engrandecen el agravio y, desde la otra orilla ideológica, se engrandece el agravio de los otros. Y, así, nos enredamos en una batalla de ofensas tan absurda como devastadora.
No hay un ápice de positividad en esas cuitas. Solo un camino enlosado de infelicidad. Resuenan más los ataques, por necios o mínimos que sean, que las reivindicaciones justas. Más el eco del derrumbe que la voluntad de construcción. Y no es inocuo, porque el miedo a ser agredido puede acabar dominando la esfera pública. Con tal nivel de acoso, ¿quién se atreverá a adentrarse en la vida política? El temor no es nuevo, la exposición siempre ha sido difícil y exigente, pero esta atmósfera de enfrentamiento continuado, personal, virulento e hiperbólico, de ataques sin límites ni descanso, pide algo más que piel gruesa y autoestima bien fundamentada. ¿Puede superarse sin convertirse en inmune a toda crítica? ¿Queremos una arena política transformada en coto exclusivo de líderes que derrochen beligerancia, sobrados de soberbia y cinismo, sin un ápice de empatía?
Quizá no sea casualidad que algunos referentes como Jacinda Ardern (Nueva Zelanda) o Nicola Sturgeon (Escocia) estén sucumbiendo. Su renuncia se aplaude como un ejemplo de liderazgo más humano, que reconoce y no se avergüenza de sus límites, pero es inevitable sentir un regusto amargo en la decisión de ambas. El que queda después de un derrumbe.
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