Opinión | ANÁLISIS
Todo cambia, menos la Constitución
Desde su promulgación hemos pasado de un mundo en que nos parecía natural que el varón tuviera preferencia sobre la mujer en la sucesión de la Corona a otro en que semejante discriminación nos resulta inadmisible

La presidenta del Congreso, Meritxell Batet (c) junto al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez (c-i) y el presidente del Senado, Ander Gil (c-d) da un discruso durante los actos de Conmemoración del aniversario de la Constitución el pasado mes de diciembre. / EFE/ Kiko Huesca
La perspectiva histórica solo se adquiere, es obvio, elevando el punto de vista, pero en nuestro caso la velocidad de las reformas ha sido tan vertiginosa que no es difícil detectar y observar cambios profundos en la sociedad española en las últimas décadas. Desde la promulgación de la Constitución de 1978 a hoy día hemos pasado de un mundo en que nos parecía natural que el varón tuviera preferencia sobre la mujer en la sucesión de la Corona a otro escenario intelectual en que semejante discriminación nos resulta inadmisible.
Hace cincuenta años, no se había concebido aún el concepto de violencia de género y todavía abundaban los llamados 'crímenes de honor', que recibían cierta indulgencia social. El mundo LGTBI permanecía sumergido, oculto, sometido a leyes que lo consideraban una marginalidad vergonzante y detestable. La propia Constitución se refería aún a los discapacitados con el término “disminuidos”, un sustantivo que por sí solo constituye un inaceptable insulto cargado de subjetividad.
Más expresiva es todavía la evolución de los códigos sociales en este medio siglo largo transcurrido. Hubo en los 70 un gran debate sobre el divorcio; en los 80 la discusión versó sobre el aborto. Más tarde se introdujeron en el debate asuntos como la integración de la diversidad sexual, la cuestión transgénero o la eutanasia. Poco a poco, las reformas se fueron asentando y hoy, por ejemplo, asistimos a la aceptación por el PP de una ley de plazos del aborto que en 2011 fue recurrida ante el TC por el mismo partido conservador que ahora la admite…
Todo cambia, y a velocidades de vértigo. Todo, menos la Constitución española, que está afincada en su inmóvil reducto histórico"
Todo cambia, y a velocidades de vértigo. Todo, menos la Constitución española, que está afincada en su inmóvil reducto histórico, privada de cualquier evolución porque muchos temen que si se abriera la iniciativa reformista y se activase el título X, “De la reforma constitucional”, todo el entramado saltaría por los aires. Y así, tenemos que resignarnos a los anacronismos, a un Senado perfectamente inútil, a un estado de las autonomías sin estructurar o a una España que no pertenece todavía a la UE. Es evidente que el sistema funciona, pese a las carencias, y que no se deben dramatizar las necesidades, pero habrá al menos que reconocer que esta parálisis temerosa que mantiene inmóvil la legislación fundamental es una carencia inquietante y absurda que más pronto que tarde habría que remediar.
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