Opinión |
Artículo de Ángeles González-Sinde

Primera persona

Cuando una no puede o no sabe hablar de su verdad en primera persona, se salva aferrándose a que otros recuerden la suya por ti

primera web

primera web / Leonard Beard

Ángeles González-Sinde

Ángeles González-Sinde

Por qué confiar en El PeriódicoPor qué confiar en El Periódico Por qué confiar en El Periódico

2022 ha sido para mí año de aniversarios. Hace 30 años que me gradué de mi primer curso de guión, 30 que escribí los primeros guiones y 30 que murió mi padre. Había cumplido 27 años, había encontrado la que sería mi profesión definitiva y perdí a la persona más importante. Todo ocurrió en pocos meses.

Mi padre era un hombre muy humano, activo, cálido, afectuoso, sensible, inteligente, intuitivo, optimista, con mucha personalidad, voluntad para emprender y movilizar las voluntades de otros. Creía en la política y, aunque sus principios progresistas eran firmes, era conciliador y se interesaba sinceramente por otros puntos de vista. Era además apuesto y alegre, con un don de gentes que te hacía sentir que no era solo tuyo, sino que tenías que compartirlo. También era perfeccionista y exigente consigo mismo y con nosotros sus hijos. La vida familiar giraba en torno a él. Cuando nuestro joven doctor de cabecera nos comunicó con el rostro descompuesto que había fallecido mi reacción fue desesperada. Le llamé mentiroso. Luego lloré y pregunté ¿Qué va a ser de nosotros? Su ausencia llenó nuestra casa.

Años atrás ocasionalmente había soñado que mi padre moría. Una pesadilla angustiosa que temía más que a ninguna otra cosa. Cuando era aún más niña, le había pedido que se sacara un seguro de vida, convencida por los anuncios de la tele de que quien pagaba una póliza no perecía. Que los padres podían morir es algo que tenía presente pues la sombra de mi abuelo, el padre de mi padre, otro hombre, por lo que cuentan, de personalidad arrolladora, marcaba el relato familiar. Murió seis años antes de que yo naciera. Mi padre tenía 17. La ausencia de su padre siempre estaba en él.

Ese 21 de diciembre de 1992, cuando un infarto fulminó a mi padre con 51 años, el dolor fue similar al de mis pesadillas, solo que mucho más largo. Tanto, que hasta el día de hoy me acompaña. La vida de mi padre, de no haber perdido al suyo, hubiera sido muy distinta. La mía también. No he tenido su consejo, ni su apoyo, ni su guía, ni ese afecto y esa mirada suya que me hacían sentir valiosa.

Un año antes me había matriculado en el máster de guion sin fe, movida solo por la curiosidad y empujada por mi madre, que, me figuro, veía que no me asentaba en ningún trabajo. No había escrito jamás ni un cuento, ni un poema. Únicamente las redacciones del colegio y una entusiasta correspondencia desde mis esporádicos viajes de estudios. Emular el oficio de mi padre, hacer películas, me parecía asunto complicadísimo para el que no me veía dotada. Sin embargo, acabé el curso y seguí escribiendo. Sentía una conexión entre los estudios de sintaxis y morfología de mi carrera de Filología Clásica y el pensamiento cinematográfico. Además, escribir acerca de otros, meterme en las cabezas de los personajes, crear conductas de ficción me permitía hacer relevante la mía, escondiéndome más que mostrándome.

Cuando mi padre se sintió mal, estaba en su despacho imprimiendo los guiones que había escrito con Gutiérrez Aragón para la segunda parte de la serie ‘El Quijote’. Quería dejarlos entregados antes de la Nochebuena. Los encontramos sobre su mesa para encuadernar. Seguramente postergó acercarse al médico por concluir esa tarea. Sin embargo, lo que más hubiéramos deseado encontrar, su voz, su experiencia, sus pensamientos, no estaba en ningún sitio. Mi padre no escribía en primera persona.

Pienso en ello cuando leo el discurso de Annie Ernaux, en lo difícil que es escribir de uno mismo a pesar de lo sencillo que parece y en cuánto más fácil es hablar a través de la ficción. Pienso en que si escribiera mis memorias tendría que titularlas como las de Nora Ephron, ‘No me acuerdo de nada’, porque por desgracia no retengo detalles de ningún episodio de mi vida. Pero cuánto disfruto y me completa leer memorias como ‘Clandestina’, el excepcional recuento de Marie Jalowiecz Simon sobreviviendo al exterminio nazi escondida en Berlín; o ‘Llegó con tres heridas’, de Violeta Gil, indagación en su pasado familiar desde el pueblo de Segovia de su infancia; o ‘Adiós, pequeño’, de Màxim Huerta; o ‘Tercera persona’, de Valérie Mréjen; o ‘Ahora imagino cosas’, de Julián Herbert. Porque cuando una no puede o no sabe hablar de su verdad en primera persona, se salva aferrándose a que otros recuerden la suya por ti.

Suscríbete para seguir leyendo

TEMAS