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Marruecos-España: La falsa batalla por L’Hospitalet

Los memes y chistes previos al partido del Mundial muestran un inquietante racismo banal

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Marruecos-España: La falsa batalla por L’Hospitalet

Leonard Beard

Si me pongo naíf, podría afirmar que la selección de Marruecos es la más europea de las que participan en el Mundial de Qatar. Trece de sus jugadores tienen la nacionalidad de cuatro países europeos: España (Achraf Hakimi y Munir Mohammedi), Países Bajos (Hakim Ziyech, Noussair Mazraoui, Sofyan Amrabat y Zakaria Aboukhlal), Bélgica (Selim Amallah, Ilias Chair y Bilal El Khannous), Francia (Romain Saïss, Sofiane Boufal y Zakaria Aboukhlal) e Italia (Walid Cheddira). Que suene el Himno de la Alegría, que ondee la bandera de la UE. 

Sin embargo, si me pongo intolerante, al estilo de los memes racistas que proliferaron los días anteriores del partido entre España y Marruecos, podría escribir que este mismo hecho supone un fracaso de las políticas de integración europeas. Al fin y al cabo, esos mismos trece jugadores han decidido jugar con Marruecos porque su identidad, sus simpatías, sus sentimientos, los ‘abascales’ dirían que sus fidelidades, recaen en el país árabe, no en España. Si el fútbol es, adaptando a Clausewitz, la continuación de la guerra por otros medios, al elegir jugar con Marruecos los jugadores europeos habrían confirmado los prejuicios de quienes los ven, a ellos y a quienes celebran sus victorias en las calles, como una quinta columna, el "ejército simbólico desarmado de Marruecos", con perdón de Vázquez Montalbán. Para quienes ven en peligro la patria en todo momento, cada esquina es un campo de batalla y cada persona diferente es un enemigo. 

Racismo banal

El meme "la batalla por L’Hospitalet: quien gane el Marruecos-España se queda L’Hospitalet" es un buen ejemplo de racismo banal. Corrió como la pólvora de móvil a móvil, viralizándose de inmediato, y causando risas, o al menos sonrisas, en muchas personas que lo vieron como un chiste inofensivo y que, por supuesto, no se consideran a sí mismas racistas. Sin embargo, las cargas de profundidad implícitas que llevaba el chiste para provocar la risa son de alto voltaje: los habitantes de origen marroquí de L’Hospitalet (6.223, según el INE de 2022) no son españoles; L’Hospitalet no es una ciudad plenamente española, a causa de esta presencia de marroquíes; los marroquíes nacidos en España no son españoles. No se popularizó ningún meme de ese estilo cuando España y Alemania jugaron en la fase de grupos de este mismo Mundial, algo así como “La batalla por Mallorca: quien gane el Alemania-España se queda con la isla”. Nadie duda de la españolidad de Mallorca y los alemanes --europeos como nosotros, aunque más rubios y menos morenos-- no son vistos como una quinta columna de invasores, una amenaza. No son el otro. 

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Tras la victoria de Marruecos a Bélgica en la fase de grupos, hubo disturbios en Bruselas protagonizados por segundas y terceras generaciones de la emigración, como los jugadores holandeses, españoles o belgas que han preferido jugar con Marruecos cuando, en varios casos, podrían haber jugado con los países europeos. La identidad, en este caso, es una autopista de dos vías: ellos se sienten marroquíes y árabes (muy significativa la bandera de Palestina en sus celebraciones en los estadios) en unos países en los que gran parte de la población no los considera españoles, franceses u holandeses, sino marroquíes. Con la importancia que tienen los papeles para otorgar derechos y ayudas en la selva burocrática, en este caso lo que digan las partidas de nacimiento y los pasaportes, no importa. Priman la identidad y los sentimientos más enraizados. Cuando estas emociones se mezclan con el fútbol, la combinación puede ser incendiaria, como en Barcelona aprendimos ya hace mucho tiempo con las celebraciones del Barça.  

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Una oportunidad

Casos como el de la selección de Marruecos, o el de los hermanos Williams (Iñaki y Nico, jugadores ambos del Athletic de Bilbao, que jugó el Mundial uno con Ghana y el otro con España) son un muy buen vehículo para avanzar en una integración real de los colectivos de migrantes, no basada en preceptos naíf ni en nacionalismo intolerante, xenófobo y exclusivo. Una integración que se base en el concepto de la ciudadanía que otorga derechos e impone deberes, despojado de emociones, sentimientos y exaltaciones nacionalistas. Un concepto que defina como ciudadano español a quien cumple con sus obligaciones y no a quien quiera que marque un gol o gane el Mundial Dani Carvajal, nacido en 1992 en Leganés, o Achraf Hakimi, nacido en Madrid en 1998.