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Sin lazos amarillos

A quien ahora reivindique el autonomismo se le considera retrógrado, cursi, centralista y mal catalán. En realidad, Catalunya lleva décadas inserta en el Estado autonómico y no le ha ido mal

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Voluntarios de los cuerpos de Brigada de limpieza han llevado al Ministerio para la transición ecológica y a la sede de Greenpeace en Madrid varios de los kilos de plástico amarillo que han ido recogiendo en distintos lugares de Catalunya. / ATLAS VÍDEO

La psicosis de un 'procés' imparable logró relegar el autonomismo al papel de trasto viejo que hay que quitarnos de encima. Ha sido uno de tantos reemplazos semánticos de los últimos tiempos y sustituía un sistema en funcionamiento –imperfecto por definición- por algo perfectamente imposible. Para el independentismo, permanecer en el Estado autonómico es una cobardía y una traición, olvidando las unanimidades que se dieron para el retorno de Tarradellas o para los estatutos. A quien ahora reivindique el autonomismo se le considera retrógrado, cursi, centralista y, por supuesto, mal catalán. En realidad, Catalunya lleva décadas plenamente inserta en el Estado autonómico y no le ha ido mal. Es lo que quería la Catalunya republicana: autonomía.  

Lo mismo pasó con el canje de la bandera cuatribarrada por una bandera estrellada, a imitación de la enseña cubana. La que es bandera oficial de Catalunya por norma estatutaria -aprobada en referéndum- dejó de tener capacidad de representación simbólica. La cuatribarrada no era un invento arbitrario, sino de noble tradición, la misma que tiene 'El cant de la senyera', el poema de Joan Maragall, un himno de concordia que pudo ser y no fue el himno oficial de Catalunya, en lugar de 'Els segadors', cántico más bien belicoso. En el Palau de la Música, ya se canta más 'Els segadors' que 'El cant de la senyera'. 

La implantación del amarillo secesionista en las rotondas y en fachadas y solapas de parte de Catalunya es otro de los esquinces del “procés”. En 'Los colores de la política' Jordi Canal ha indagado con extremado rigor histórico la aparición del amarillo en la política catalana. Fue a partir de la manifestación después de los disturbios por las detenciones de Jordi Cuixart y Jordi Sànchez, allá en octubre de 2017. Adquirió entidad como emblema de un nuevo mito, los presos políticos. El amarillo –dice Canal- era el emoticón más disponible en Whatsapp. El emocionalismo del momento transformó el amarillo en el color de la libertad. Ceder a los colores la representación de nuestras fidelidades y emociones a veces favorece el enfrentamiento: los colores de la política ilustran los choques en la historia moderna de España. 

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Ha pasado mucho tiempo desde que Tarradellas apareció en el balcón de la Generalitat, mientras ondeaban miles de bandera cuatribarradas. Dijo: “Jo també vull l’Estatut!”. Sobre todo: “Ciutadans de Catalunya!” y no 'catalans'. En el exilio había comprendido los cambios sociales en Catalunya, lo que los lazos amarillos no parecen reconocer. 

Sobrevalorar los símbolos por imposición conlleva efectos reactivos. En París, aparecieron los 'Incroyables' al amainar la Revolución francesa cuando cae Robespierre y aún no manda Napoleón. Vestían excéntricamente por oposición al descamisado con gorro frigio. Llevaban corbatas aparatosas, melena, medias de seda y se pavoneaban en el salón de la arrebatadora Teresa Cabarrús. Soltaban impertinencias sobre los excesos de la revolución. Supongamos que los bares 'cool' de la Catalunya urbana se llenen de nuevos 'incroyables, con humor post-Waterloo. El cambio sería de indumentaria pero, aunque sea con retraso, quizás la sociedad catalana logre imponerse un nuevo ritmo. Hubo candidatas fallidas a ser la Juana de Arco del 'procés'. Una Teresa Cabarrús o una Madame Récamier serían un respiro.