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Los mercaderes del templo

Esta semana, la escritora Emma Riverola se cuela entre las dudas y contradicciones de un forofo del balón

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Los ha visto todos. Desde el primero, que se saldó con la derrota patética del equipo de Qatar y la deserción de su afición a medio partido. Vaya birria de compromiso y qué derroche de estadio medio vacío. Sí, no se ha perdido ni un solo partido de este Mundial de vergüenza. Fútbol es fútbol, se dice. Y trata de no levantar la mirada del terreno juego. La mirada metafórica, se entiende. Él ya se lamentó y protestó a quien quisiera oírle sobre la designación. Que el mundo del fútbol apesta, lo sabe muy bien. Otra cosa es convertir el Mundial, la gran fiesta, la Navidad de los forofos, en esta orgía de los mercaderes. Y sin hijo de dios para expulsarlos. Maradona que estás en los cielos, alguna manita -otra- podrías haber echado.  

El viernes trató de explicárselo a su mejor amigo. Pero ¿cómo glosar la liturgia del fútbol a un descreído que solo ve a 12 tipos con pantalón corto corriendo tras un balón? ¿Cómo expresar esa tremenda comunión a quien solo ve una enajenación colectiva? Tú no sabes, le decía, cuando un jugador marca un gol es como si yo también lo marcara. Es un acto de liberación, la exaltación del triunfo y de la lucha compartida. Puedo estar agotado, preocupado, malhumorado, decaído, pero ese gol me hace tocar el cielo. Es un chute de adrenalina. Es la constatación de que, a veces, existen los milagros. Cuando la pelota entra en el arco, es el instante que se expulsan todos los demonios. ¡La catarsis! 

El aguacate y el chuletón

Una vergüenza, zanjó su amigo mientras se zampaba su chuletón. Y, claro, a él le molestó que después de volcarse en la glosa, la conversación se resolviera de ese modo, con dos escuetas palabras. Ya no le apeteció seguir con la comparativa de los pecados del Vaticano frente a la iglesia de los pobres, así que contraatacó. De acuerdo, asumía su culpa por seguir un Mundial obsceno, pero era difícil declararse puro. Porque la industria cárnica, con ese chuletón como estandarte, causa entre el 20% y 40% de las emisiones totales de gases de efecto invernadero y destruye selvas tropicales, además de ser una bomba cardiovascular. ¿Y la tosta de aguacate y gambas que había pedido de primero? ¿Acaso no sabe que ese fruto es culpable de la deforestación, que daña el subsuelo y provoca escasez de agua en las comunidades que lo cultivan?  

La cena se les atragantó. Después trató de cambiar de tema, incluso se calló el impacto medioambiental del cacao y el café, pero la velada no remontó. Sin tregua ni goles sorpresa, acabó pronto. Pero la conversación no ha dejado de rondarle la cabeza. Vergüenza, sí, claro que es una vergüenza ese Mundial construido sobre las vidas de más de 6.000 obreros muertos en las obras, sobre la discriminación más ultrajante de la mujer y el estigma y la persecución más infamante de la homosexualidad. El poder del dinero ganando por goleada al equipo de los derechos humanos y la libertad. 

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Una vergüenza se repite, y contempla el logotipo del pantalón que lleva, la marca ha sido denunciada por fabricar con mano de obra infantil. También el móvil que tiene en la mano está manchado por la infamia. Como tantos, utiliza el cobalto extraído en minas donde se explota a niños sin ningún control. Las tecnológicas podría exigirlo, pero… Se coloca mejor los cojines del sofá. Para todos ellos se ha utilizado material textil producido en fábricas que violan los derechos laborales en Bangladesh. Si recorriera su piso con un mínimo de mirada ética, debería arrojar la mayoría de los objetos al contenedor de la vergüenza.  

Sí, las contradicciones pueblan su vida. Y las de la mayoría. El banco que opera con sus ahorros, la empresa en la que trabaja, los establecimientos donde compra, el automóvil que conduce… ¿Se puede poner la mano en el fuego por el comportamiento ético de todos ellos? Repasa el argumento para convencerse, pero, inevitablemente, este Mundial se le ha atravesado. ¿Cuánta sangre, cuánta muerte y dolor puede soportar la magia del fútbol sin quebrarse definitivamente? Hace cinco minutos que ha empezado el partido. Aún no lo ha sintonizado.