Barraca y Tangana

Parecía buenísimo

La estampa plástica de ese remate de Richarlison en tijera nos garantiza décadas de oír hablar sobre el fútbol samba, el jogo bonito y los pies descalzos sobre la arena

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Richarlison remata de manera acrobática el segundo gol de Brasil ante Serbia

Richarlison remata de manera acrobática el segundo gol de Brasil ante Serbia / Molly Darlington / Reuters

Hay gente que tiende a hablar más de la cuenta. Lo suele hacer con la mejor de las intenciones. El miércoles fui a un acto donde necesitábamos traductor simultáneo. Nos acercamos a la mesa para recoger el aparato con los auriculares y el hombre que los repartía nos remarcó que al acabar lo devolviéramos. Lo repitió tanto que nos extrañó, y alguien le hizo ver que por supuesto, que por qué no íbamos a devolverlos, y el tipo nos dijo que es habitual que la gente se olvide y se los lleve. Nos preguntamos entonces quién querría llevarse uno de esos aparatos y para qué y justo entonces cometió ese hombre el error: nos explicó que cada uno de ellos cuesta 300 euros. De repente mi postura hacia esos aparatos algo feos cambió. De repente los miraba con otros ojos. De repente en mis pupilas se dibujaba el símbolo del dólar, como en los dibujos animados que veía de pequeño. De repente tanto olvido tenía una explicación. De repente me entraron ganas de olvidarme de devolver el mío, también, por lo que fuera. Hay gente que tiende a hablar más de la cuenta.

Con los futbolistas brasileños pasa algo parecido. Para la mayoría de nosotros, mientras están en Brasil son invisibles, mientras están en Brasil es como si no existieran, pero una vez llegan a Europa los valoramos de otra manera. Si alguna vez te enteras de algún golazo previo, desconfías y minusvaloras la liga brasileña, pero cuando los fichan ya es otra historia. Es absurdo, pero es: suben al avión en América, aterrizan en Londres y automáticamente, para millones de personas, son mejores de lo que unas horas antes eran. Lees que cada uno de ellos cuesta 60 millones de euros y de repente los vemos a través del símbolo del dólar dibujado en nuestras pupilas, que actúa en nuestras mentes como un filtro para tratar imágenes y embellecerlas. De repente nuestra postura hacia esos futbolistas cambia, por lo que sea. De repente los miras con otros ojos. De repente te entran ganas de verlos. De repente son estrellas.

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El brasileño Richarlison marcó a Serbia el golazo acrobático que justifica una tradición entera. Diría que puede estar ya viviendo de ese gol hasta que se muera, así que le doy mi enhorabuena. Toda esa generación de niños que está descubriendo el fútbol mediante este Mundial ya ubicará para siempre a Brasil en la sección del imaginario colectivo que le corresponde era tras era. Da igual que a menudo jueguen feo, peguen mucho o jueguen mal, da igual que el cliché manido sea tantas veces una trampa grosera. La estampa plástica de ese remate de Richarlison en tijera nos garantiza décadas de oír hablar sobre el fútbol samba, el 'jogo bonito' y los pies descalzos sobre la arena. El próximo verano, cada vez que un niño intente en la playa una chilena, y falle, alguien le dirá '¿quién te crees que eres, Richarlison?', igual que nosotros decíamos lo mismo con Rivaldo, o nuestros mayores con Pelé o con el brasileño que fuera.

Con frecuencia, en el Mundial se produce un efecto distinto al de la liga brasileña. Hay futbolistas dichosos que disfrutan del mes de su vida, que se iluminan en la Copa del Mundo y deslumbran a cualquiera. Después los ficha tu equipo, los ves jugar cada semana y no hay filtro que arregle el poema. Te duele admitirlo pero lo piensas: parecía buenísimo, pero no lo era.