Opinión |
Décima avenida

Una sociedad que enferma

No sabemos cómo cuidarnos: la epidemia de salud mental se expande sin freno, sobre todo entre los jóvenes

Las autolesiones no suicidas entre los adolescentes y los jóvenes se han convertido en un problema de salud pública.

Las autolesiones no suicidas entre los adolescentes y los jóvenes se han convertido en un problema de salud pública. / David Castro

Joan Cañete Bayle

Joan Cañete Bayle

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"Mandamos un mensaje de tristeza y rechazo. Nuestra sociedad, machista y violenta, está enferma. Es dramático que hoy en día, en la Barcelona del siglo XXI, tengamos estas cifras". El director general del Clínic, Josep Maria Campistol, empezó de esta forma la rueda de prensa en la que informó de que las agresiones sexuales en Barcelona han subido un 51% con respecto al año anterior. Los datos que desgranó Campistol son escalofriantes: la chica más joven atendida en el Clínic por agresión sexual tenía 16 años y la mayor, 82; el 53% de las agresiones se cometieron en menores de 25 años; y el 72% de estas menores de 25 años fueron violadas.

Es difícil no estar de acuerdo con Campistol en que en demasiados aspectos somos una sociedad enferma. O, al menos, con algunas actitudes, usos y costumbres insostenibles y enfermizos. Lo vemos en la desigualdad machista (qué decir de la violencia que ha sufrido Irene Montero en el Parlamento, de entre todos los sitios), pero también en otros asuntos: la desigualdad social y económica, una brecha que se agranda sin freno; la irrespirable intolerancia política; el tsunami reaccionario; la negación de la ciencia y la razón; el individualismo feroz; la vacuidad del discurso público; y la incapacidad de cuidar el planeta y de cuidarnos a nosotros mismos, como muestra el deterioro de la salud mental, una pandemia silenciosa que afecta cada vez a más gente.  En este sentido, somos una sociedad que enferma.

Autolesiones

A salud mental corresponde otra de las cifras escalofriantes publicadas en este diario esta semana: las autolesiones en adolescentes se disparan, hasta el punto de que el 45% admite haberse cortado alguna vez. En los 80, las autolesiones tenían una prevalencia entre la población juvenil del 2% y estaban asociadas a trastornos mentales graves. Como en tantos otros asuntos que no estamos haciendo bien, en este asunto también hay un enfoque de género: ser chica es un factor de riesgo, ellas se autolesionan más. 

¿Qué estamos haciendo mal con nuestros adolescentes? A partir de sexto de Primaria, las familias empiezan a oír casos de ataques de ansiedad y de autolesiones en clase. En segundo de ESO, alertan los expertos, es cuando se da el boom. Las autolesiones son una especie de llamada de alerta, una alarma, ya que son una forma de intentar apaciguar el malestar emocional. El deterioro general de la salud mental tiene consecuencias muy graves y ya advertidas por los expertos: los intentos de suicidios en chicas menores de 19 años aumentaron en 2021 un 181%; en chicos, un 19%, según datos del programa de atención a la conducta suicida del menor del Hospital Sant Joan de Déu.  

Las redes sociales

Es habitual culpar a las redes sociales de esta desoladora realidad. Hay argumentos para ello. En las redes se construyen modelos a seguir, se refuerza o se mina la propia identidad, el cuerpo y la vida misma son puestos en el escaparate, bajo el escrutinio de los demás, la dictadura del ‘like’ y del ‘compartir’. En las redes se pueden encontrar guías sobre cómo cortarse sin que los padres se den cuenta y se romantizan actitudes sumamente dañinas. Las redes son una ventana del mundo exterior continuamente abierta y con vistas a la intimidad. Nadie puede estar perfecto y ser feliz las 24 horas de los 365 días al año, y menos durante la adolescencia, no hay filtro que simule las inseguridades y miedos del proceso de crecimiento.  

Pero no es un asunto tan solo de las redes. El mundo de los jóvenes refleja las imperfecciones de nuestro mundo, el de los adultos, el que hemos construido entre todos. No son inventos de las redes las familias desestructuradas, los horarios insensatos de los trabajos, las extraescolares aparcaniños, los minipisos sin espacios propios, los abuelos ‘babysitter’, la condescendencia y el consentimiento culpables, la hiperprotección, la creación de expectativas exageradas, la incapacidad de enseñar cómo gestionar la frustración, la irracional distribución de las 24 horas del día. No son invento de las redes los progenitores que vociferan en los partidos de fútbol infantil, los que no tienen el ‘no’ en su diccionario, los que usan las pantallas como canguros, los que llegan a casa tan exhaustos que no tienen tiempo ni energía para pensar en la educación de sus hijos, los que sin querer y sin darse cuenta trasladan a sus hijos sus frustraciones, miedos y desazones. 

La epidemia de salud mental es una emergencia tan grave como la del planeta. No hay manera, no sabemos cómo cuidarnos. 

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