La espiral de la libreta Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

Tequila: sexo, drogas y transición

El documental sobre la banda rockera de los 70 se estrena en cines el próximo viernes

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Tequila, en sus inicios.

Tequila, en sus inicios.

«Vamos a tocar un rock and roll a la plaza del pueblo. Vamos a tocar un rock and roll y nadie nos va a parar». Esta canción, que compuso el grupo hispano–argentino Tequila en 1978, forma parte de la banda sonora de un tiempo y un país, un instante muy concreto, un fogonazo de apenas cinco o seis años, un destello previo pero casi solapado a la movida. Una bisagra. La canción suena una y otra vez en el documental ‘Tequila: sexo, drogas y rock and roll’, dirigido por Álvaro Longoria, que se presentó el jueves en Barcelona dentro del festival In-Edit (el estreno en cines será el próximo 25 de noviembre).

El jueves, digo, la sala 4 del Aribau estaba a rebosar de un público talludito —canas, alguna lorza traidora, las gafas de la presbicia— pero unánime en el entusiasmo, acrecentado por el hecho de que Alejo Stivel y Ariel Rot acudieron al pase en carne mortal. Tampoco han pasado los años en balde para estos dos argentinos cuyas familias, escapadas de las juntas militares, vinieron a dar aquí justo cuando acabábamos de quitamos de encima lo nuestro.

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La canción del principio sintetiza exactamente lo que estaba sucediendo en el país entero: el reventón de un rocanrol en la plaza del pueblo, frente a la iglesia y la balconada consistorial. Creo que es Miguel Ríos quien dice en la peli que, hasta ese momento, solo habían sonado jotas en las plazas de un país con la boina calada hasta las cejas —bastante habían tenido los mayores con sobrevivir—. Y aquel par de flacos traía un aire nuevo e irresistible a los Rolling Stones, pantalones de terciopelo y zapatillas Converse, «yo digo: salta, salta conmigo». España amaneció tarde al rock y a la democracia, y aún regurgita en una digestión sincopada, a base de sal de frutas.

Barrido de cámara

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Se echa un poco de menos el contexto social y político, circunscrito en la cinta a la frase de Tierno Galván, a la sazón alcalde de Madrid («rockeros: el que no esté colocado, que se coloque… ¡y al loro!»), y a la teta de Susana Estrada. Se habla de cómo la heroína se llevó por delante a dos miembros de la banda —Julián Infante y Manolo Iglesias—, pero tal vez habría hecho falta un barrido de cámara por las calles. Después del espectáculo de pompas de jabón, llegaron las máscaras y los espectros. La droga devastó a parte de una juventud, no solo a ellos. Y no es crítica —no me corresponde—, sino la predisposición que llevaba una a rebañar el plato.

Los Tequila y la época en su conjunto tuvieron un algo de espíritu byroniano, de locura, de remedo de los años veinte, con su epitafio a lo gran Gatsby: «Y así, seguimos remando, botes contra la corriente, incesantemente arrastrados hacia el pasado». Mariposas abrasadas por la luz.