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Opinión | Barraca y tangana

Al final, a la olla

Tanta tecnología, tanto ‘big data’ y tanto progreso y al final, cuando el partido se aprieta, es lo de siempre: rostros desencajados, cuatro gritos y sudores fríos en el tiempo de descuento

Cholo Simeone

Cholo Simeone / EFE / EPA / NEIL HALL

El tren está bien. Al menos en la teoría, digo, como concepto. Subes en un sitio, pasas un rato sentado y bajas en otro. Hasta ahí todo genial, hasta ahí todo más o menos correcto, hasta ahí se podría decir que lo del tren es un plan ideal, sencillo y perfecto, pero luego en la práctica asoman las complicaciones. Una de esas complicaciones suele ser tu compañero aleatorio de asiento.

La otra tarde, pidieron por megafonía que, si había personal médico en el tren, acudiera por favor a la cafetería. De pronto, una señora se me quedó mirando como esperando en mí una señal, una reacción, un movimiento. Tardé unos segundos en asimilar qué estaba ocurriendo: la señora me sugería que fuera a ver qué pasaba, que intentara ayudar, y aún no lo entiendo. Quizá fuera porque yo llevaba gafas, quizá solo quería ligar conmigo y yo interpreté mal sus gestos o quizá me había confundido con algún familiar lejano del pueblo, pero el caso es que me sentí hasta culpable por no haber estudiado medicina, me sentí fatal por haber estado viendo fútbol, saliendo de fiesta y haciendo el vago en la juventud, en lugar de memorizar músculos, tendones y huesos. Lo confieso.

Para quitarme el agobio hice lo único que sé hacer cuando me agobio, la única medicina válida para mi mente en esos momentos: cogí el móvil para jugar partidos al Mini Football, consumando seguro la decepción absoluta en mi compañera de asiento, que si llega a morir alguien en el tren ni lo cuento. No murió nadie, pero fijo que habría testificado contra mí ante un tribunal llegado el momento.

Convertido en la vergüenza del vagón para mis adentros, intenté no molestar y quedarme quieto. Pasada una hora, más o menos, la señora bajó del tren cuando aún quedaba la mitad de mi trayecto. Seguro que bajó del tren para alejarse de mí. El grupo de neuronas que discute en mi cerebro alcanzó esa impresión por consenso. El asiento que había dejado libre la señora lo ocupó una mujer algo más joven. Encendió un ordenador y abrió un Excel con un montón de columnas y datos. Como soy alguien fácilmente impresionable, enseguida admiré a mi nueva compañera de asiento: esas cosas con el Excel solo las hacen personas muy importantes, ejecutivos de primera o altos miembros del Gobierno.

Jugar al Mini Football

Intenté mirar de reojo de qué iba el Excel, pero no lo veía porque me había quitado las gafas para que no me confundieran de nuevo con un médico. Mientras jugaba otra vez al Mini Football, me dio por pensar que igual, en realidad, la mujer del Excel usaba la herramienta como mi amigo Emilio, que maneja tablas con nuestros resultados en las ligas virtuales de la NBA de las últimas décadas. Igual no era tan lista ni tan importante esa mujer. Igual lo mismo que le había pasado a la señora anterior -que sobrevaloró mi capacidad para ayudar en una emergencia-, me estaba pasando a mí por ver un capazo de números sueltos.

Ahora, en muchos banquillos de los equipos de fútbol tienen 'tablets' y dispositivos modernos. Cuando los enfocan, me pregunto qué tipo de estadística avanzada estarán descubriendo, pero igual solo están viendo memes de Usuario Arroba o tuits de vvvhannah –algo que por cierto recomiendo-. Total, luego esos entrenadores acaban mandando a los suyos a colgar balones a la olla, demorar un saque de banda o provocar una tangana para perder tiempo. Al final pegan cuatro gritos y llenan el área técnica de aspavientos. Al final es lo de siempre: rostros desencajados y sudores fríos en el descuento. Cuando ocurre, siempre lo pienso: un pequeño triunfo del hombre sobre las máquinas, tanto 'big data' y tanta tecnología para esto. 

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