Artículo de Guillem López Casasnovas Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

La coyuntura económica a la que estamos abocados

Mientras mantengamos la capacidad de colocar nuestra deuda de la mano del BCE y los tipos de interés no se disparen, el cortoplacismo no afrontando reformas pendientes se va a mantener

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La coyuntura económica a la que estamos abocados

Comento al lector cómo veo la situación. Me permitirán que les ahorre matizaciones y ambages. Los españoles teníamos hucha poscovid: alimentada por ertes, eran recursos almacenados al no poder gastarlos dadas las restricciones sufridas. Al abrir la economía pospandemia hemos gastado lo que ya no ingresábamos: lo hemos hecho en ‘salidas’, escapándonos de nuestro entorno más próximo, para airearnos con la vuelta a bares y restaurantes y a viajar ante cualquier reclamo. Eso en buena parte ha alimentado nuestro propio sector de servicios de ocio y turismo, que este verano ha tocado techo. Y la hucha se ha quedado a la mitad de la que teníamos. Hemos actuado como si el gasto en turismo y ocio fuese un bien de primera necesidad, lo cual ha alimentado alzas de precios, añadidos a los que imperaban en productos efectivamente de primera necesidad real: alimentación y energía.

Saciada la demanda de ‘salir’, nos encontramos hoy con menos disponibles (menor ahorro, pérdida de ocupación) en respuesta a la demanda que entre todos creamos y que se ha desvanecido. Y empiezan ahora las consecuencias: los trabajadores del sector servicios, acabada la temporada, están en paro; sus salarios tampoco se elevaron con la explosión de consumo, pese al aumento de márgenes. Ahora tocaría revisión, pero no se puede a la vista del descenso del consumo: serían efectos de ‘segunda ronda’, se dice, que nos harían menos competitivos. Los beneficios, como siempre, saben migrar o remansarse en los bolsillos de unos pocos: la desigualdad aumenta.

Con la inflación enquistada, cada país saca su propio botiquín para curar heridas: unos para reducir la inflación, queriendo ‘capar’ precios; otros, subvencionando a familias, ya de modo universal o selectivo. En la zona europea común, las tasas de inflación difieren (Francia la mitad que España) y las políticas de protección de los más débiles también: es el drama de la Unión Europea, en la que se comparte la política monetaria pero no la fiscal. Alemania transfiere a sus familias cientos de miles de millones de euros. A nosotros nos gustaría hacerlo también, a la vista de cómo ha bajado el ahorro de las familias, pero no tenemos un 'bazuca' como el alemán, ya que el país está endeudado hasta las cejas. ¡Si ni tan solo en épocas de ‘España va bien’, con aumentos de dos dígitos, hemos sabido cerrar la brecha del déficit público y el crecimiento de la deuda! De aquellos polvos estos lodos. 

Mientras mantengamos la capacidad de colocar nuestra deuda en las espaldas de la Unión Europea de la mano del BCE y los tipos de interés no se disparen, el cortoplacismo no afrontando reformas pendientes se va a mantener. Todo lo demás arrojaría a la economía española a los pies de los caballos del mercado. ¿Cuánto durará todo esto? Difícil pronóstico, pero el fin de la guerra de Rusia y el reequilibrio que amanse las cosas parece necesario. Y digo equilibrio y no una derrota al completo de Putin, hecho que podría albergar males mayores a futuro.

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Pese a todo ello, no es esperable una crisis, tal como se percibe socialmente esta en cuanto a rupturas de corsés y resquebrajamiento de la cohesión social, del tamaño de la vivida en 2007. La crisis financiera lo inundó y contaminó todo. Esta vez repuntará algo la morosidad, la de quien en la alegría suscribió hipotecas a tipo variable, pero no será generalizada y los bancos en sus balances lo compensarán con el retorno a tipos de interés más normales.