Artículo de Alfonso Armada Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

La estrategia del matón

Los biógrafos de Putin han puesto mucho énfasis en un episodio de su infancia en Leningrado, donde aprendió que no se puede acorralar a una rata

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El puente entre Rusia y Crimea tras el ataque.

El puente entre Rusia y Crimea tras el ataque. / twiter

La escritora Victoria Belim, que habla 18 idiomas y que acaba de publicar en España ‘Mi Ucrania’ (Lumen), siente especial predilección por el sentido del olfato, el que más atiza la memoria. El olor que asocia a su Kiev natal es el de los castaños de Indias, que yo no recuerdo de mi boda rusa allí cuando Ucrania formaba parte de la que parecía una indisoluble Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (la mítica URSS). Experta en aromas, Belim evoca desde la Bruselas donde ahora vive la ciudad verde, monumental y luminosa donde nació, como atestigua María R. Sahuquillo, que tuvo la suerte de entrevistarla: le dijo que el problema que ahora se dirime en su país no tiene que ver con el nacionalismo –aunque la invasión rusa lo haya enriquecido como si fuera uranio–, sino que “es importante comprender que la identidad ucrania es diferente de la rusa”. Ahora menos verde, menos monumental y menos luminosa y a merced de la ira de Vladimir Putin, que calificó de ataque terrorista el sabotaje del puente sobre el estrecho de Kerch que él inauguró para vincular la Crimea que arrebató a la sagrada tierra rusa. Lo primero que muere en la guerra es el lenguaje: el nazi llamó a desnazificar Ucrania. El terrorista que bombardea ciudades y casas llama terrorista al que ataca un puente que es una vital línea de suministros y refuerzos para las tropas que han invadido a sangre y fuego un país soberano, Ucrania.

Putin ha visto demasiadas películas. Soviéticas, rusas, del oeste y de la mafia.

Los biógrafos de Putin han puesto mucho énfasis en un episodio de su infancia en Leningrado, donde aprendió que no se puede acorralar a una rata.

¿Ahora la rata es él?

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Si me pisas un dedo te romperé la cara. Si me das un puñetazo te cortaré la mano.

Si te defiendes será peor para ti y para mí, porque soy capaz de cualquier cosa. Ríndete y seré compasivo. Te dejaré vivir. Si no, violaré a tu mujer ante vuestros hijos y luego los mataré.

¿Por qué me obligas a hacer esto? Es tu culpa. Si te rindieras yo no tendría que portarme así.

La culpa es de la víctima.

¿Cómo es posible que tantos izquierdistas y pacifistas cargados de buenas intenciones hagan tanto hincapié en pedirle a la mujer violada, a la que ha visto morir a sus hijos, que pacte con el violador para evitar un mal mayor?

¿Un mal mayor para ella o para nosotros, almas sensibles donde las haya, que no podemos soportar tanto sufrimiento de inocentes?

Pero si ni siquiera vemos los estragos de los bombardeos rusos porque ya se encargan los delicados editores de los telediarios y de los periódicos de no herir nuestra sensibilidad, evitando las imágenes más atroces.

Los desastres de la guerra de Goya serían hoy censurados en ‘prime time’.

¿Hay que pactar con Putin para evitar un mal mayor?

¿Había que pactar con Hitler para evitar la guerra?

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