Periodista y escritora
Olga Merino
Por un "estúpido trapo medieval"
Cuesta digerir el discurso de que el velo islámico es un símbolo de libertad

Protestas en Berlín por la muerte de Masha Amini en Irán. / Filip Singer / Efe / EPA
En septiembre de 1979, la periodista Oriana Fallaci viajó a Irán para entrevistar al ayatolá Jomeini, líder de la revolución islamista que derrocó al sah de Persia, un sátrapa. La reportera tuvo que aguardar diez días a que el clérigo barbudo se dignara recibirla, y accedió a vestirse para el encuentro con el chador, la túnica que cubre el cuerpo femenino de la cabeza a los pies, dejando tan solo al descubierto el óvalo facial. Descalza, sentada sobre una alfombra, Fallaci, como una mosca cojonera, comenzó a acribillarlo a preguntas, la mayoría referidas a la situación de la mujer bajo su régimen. «¿Cómo se puede nadar vestida con un chador?». Jomeini, a quien se le iban inflamando las gónadas, espetó al final: «Nuestras costumbres no son asunto suyo. Si no le gusta la ropa islámica, no está obligada a llevarla, porque estos vestidos son para mujeres jóvenes, buenas y correctas». Acto seguido, la entrevistadora se arrancó el sayo, calificándolo de «estúpido trapo medieval». Y se armó.
La semana pasada, otra periodista mítica, Christiane Amanpour, jefa de Internacional de la CNN, quiso entrevistar al presidente iraní, Ebrahim Raisi, quien le dio plantón por su negativa a cubrirse la cabeza con un pañuelo, aun cuando el encuentro, pactado, iba a tener lugar en Nueva York, donde no impera ley islámica alguna. Entre una escena y otra, han transcurrido cuatro décadas, 43 años con sus días y sus noches de Sherezades humilladas.
Por todo el territorio iraní, miles de mujeres de toda edad, sobre todo las jóvenes, se cortan las melenas y queman los hiyabs en protesta por la muerte de Mahsa Amini, una joven kurda de visita en Teherán, a quien la ‘policía de la moral’ detuvo por llevar mal colocado el velo. Parece que la molieron a palos en la comisaría. Algo se mueve al fin en Irán, una olla a presión que en los últimos años viene soltado recurrentes vaharadas de hartazgo: ha habido protestas por fraude electoral, por la subida estratosférica del precio de la gasolina, por pensiones dignas para los jubilados y mutilados de guerra. Ahora, se suma el grito de las mujeres contra una cleptocracia misógina y oscurantista. Ojalá no las dejen solas.
Entretanto, no quisiera liarme con el asunto del velo. Cada uno es muy dueño y señor de vestir como le plazca y abrazar las creencias que desee. Pero después de siglo y medio de lucha por los derechos de la mujer, cuesta roer el hueso de que el velo islámico es símbolo de dignidad y libertad. Ni en Irán ni en Ripoll.
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