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Italia: hacer un 'reset'

Ninguna fuerza supo hilar una alternativa que defendiese las propuestas con más apoyo popular, una agenda política basada en la defensa de los contrapesos democráticos, la redistribución de la renta y la lucha por el medio ambiente

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La líder de Hermanos de Italia, Giorgia Meloni, vota en Roma, poco antes del cierre de los colegios electorales.

La líder de Hermanos de Italia, Giorgia Meloni, vota en Roma, poco antes del cierre de los colegios electorales. / YARA NARDI (REUTERS)

Los resultados de las elecciones italianas arrojan muy pocas dudas: la victoria de la extrema derecha es abrumadora. Especialmente en términos políticos. Si se miran de cerca los primeros datos de los que se dispone -que registran la abstención más alta que nunca, el 34%-, el conjunto de voto popular de los tres partidos que conforman la coalición de la derecha no varía de manera sensible con respecto a hace cuatro años, ya que se sitúa en los dos casos en torno a los 12 millones de votos. Lo que cambiará sustancialmente será la distribución de los escaños ya que la ley electoral en vigor premia sobremanera las fuerzas políticas que se presentan en coalición, como en el caso, en efecto, de Forza Italia, la Lega, y, evidentemente, Fratelli d’Italia, el partido de raigambre neofascista encabezados por Giorgia Meloni.

Tres consideraciones de urgencia al respeto.

En primer lugar, que dentro de los equilibrios de la derecha quien ahora llevará la voz cantante, por ser de largo el partido más votado (el 26% frente al 8% aproximadamente de Lega y de Forza Italia), es precisamente el partido de Meloni. Hay un cambio cualitativo, político: si las diferentes mutaciones del espacio del otrora MSI habían sido legitimados ya desde la mitad de los años 90 cuando Berlusconi los acogió en su alianza, ello siempre se había producido en condiciones de inferioridad numérica con respeto a las otras fuerzas de campo conservador. Hoy son ellos quienes detentan claramente la hegemonía.

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La segunda consideración tiene que ver con que la suma de los votos de la alianza de centroizquierda (el PD, Sinistra e Verdi y Più Europa de Emma Bonino) y de los Cinco Estrellas hubiera sido suficiente para competir. Con la añadidura de los centristas de Azione (la coalición de último minuto entre Carlo Calenda y Matteo Renzi), incluso se hubiera plantear una victoria. Es absolutamente cierto que los votos y las fuerzas políticas nunca son sumables sin más. Las relaciones entre todas estas fuerzas han sido, son y serán difíciles. Sin embargo, que la ley electoral penalizaría la división de manera severa era cosa conocida y el dato -político, otra vez- es la incapacidad de plantear alianzas y acuerdos que superaran intereses partidistas y, en más de una ocasión, incluso egos personales.

Y esto lleva a la consideración más importante. Los estudios demoscópicos realizados en vista de las elecciones, además de clavar más o menos el resultado, explicaban que las medidas más aceptadas planteadas durante la campaña electoral eran la subida de las pensiones a los mil euros, el establecimiento de un salario mínimo, el tope a las facturas energéticas, la gratuidad de la universidad o el impuesto a las grandes fortunas. Y las que menos consensos cosechaban, la flat tax, la reintroducción de la nuclear o la elección directa del presidente de la República. Quizás un poco tosca, pero sin duda se trata del embrión de una agenda política alternativa presente en el país, basada en la defensa de los contrapesos democráticos, la redistribución de la renta y la lucha por el medio ambiente. Ninguna fuerza supo hilar una propuesta convincente en ese sentido. Después de un reset completo, es desde ahí que se tiene que volver a construir.