Limón & Vinagre, por Emma Riverola Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

Juan Carlos I, material caducado

Este rey emérito renqueante también es un icono. La metáfora viviente del polvo oculto bajo la alfombra. Del tapar las miserias antes de afrontarlas y rendir cuentas

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Felipe VI y Juan Carlos I, sentados juntos en el funeral de Isabel II. / GARETH FULLER / POOL / REUTERS / VÍDEO: ATLAS

“¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!”, escribió Gustavo Adolfo Bécquer. Y los vivos, debió de pensar Juan Carlos I en el funeral de Isabel II. Tanta pompa, tanto amor, tanta ceremonia y él ahí, el rey destronado. De ‘Campechano’ a ‘Apestado’. Puede oler el terror en los que tratan de esquivarle. "¡Dios mío, que no me hagan una foto con él!". Hasta Nueva York se fue Pedro Sánchez para no coincidir con el infecto. Felipe VI no pudo huir de la imagen. La tensión se palpaba en aquel banco compartido. Ni toda la arena de los Emiratos Árabes Unidos ha servido para sepultar tan real incomodidad. 

Es posible que el rey emérito aún no acabe de entender el porqué de tanto barullo. ¿Que robó lo que pudo y se procuró cuantas amantes se le antojaron? Pues sí. Pero, ¿qué es un rey, sino la ficción de una tradición? ¿Y no son el latrocinio y los escarceos amorosos las más viejas de las costumbres regias? El problema no es él, sino el pueblo que le ha tocado en suerte, debe de pensar. Unos tristes, todos. Y envidiosos. No como esos ingleses, guardando cola ante los restos soberanos de Isabel II. Al fin y al cabo, si hablamos de fortunas opacas y escamoteadas al fisco, ambos monarcas dominaron el tema. Y si hablamos de los descendientes, hacen competición delictiva. A él le salió un yerno corrupto de una torpeza terrible, pero a ella un hijo relacionado con Jeffrey Epstein, el condenado por tráfico de menores. Al menos, Felipe VI nunca ha dicho querer ser un tampón. 

Es el pueblo, seguro. Al español le duró unos años la fascinación. Se murió el dictador, llegó la Transición y había ganas de sentirse modernos y europeos. Él encajó bien. Tan espontáneo. Era algo así como el pariente lejano que ha hecho fortuna y que, de cuando en cuando, vuelve a tomarse un vino en la tasca del barrio. Pero la gente se fue poniendo exigente. El papel de celofán que cubría la Transición empezó a rasgarse y se descubrieron engranajes que no acababan de funcionar, piezas sin recambios que, en su obsolescencia, solo retrasaban el avance.  

“Lo siento mucho. Me he equivocado. No volverá a ocurrir”, este será su epitafio. Lo pronunció en 2012, después de sufrir un accidente en una cacería de elefantes en Botswana. Encima, elefantes. Una especie protegida y en vías de extinción (¿como la monarquía?). La escapada no sentó bien en unos días en que los desahucios, la reforma laboral, el rescate financiero y los recortes copaban titulares. Ahí se rompieron demasiados lazos afectivos. Y su imagen apareció debilitada. Tosca y dubitativa.  

Lo de Corinna tampoco ayudó. No es que sorprendiera. Las especulaciones sobre los amoríos del rey eran 'vox populi'. Toda España parecía conocer a alguien que sabía de algún vecino de alguna amante. Pero una cosa eran la modelo, la actriz o la periodista de turno y, otra, una bella y rica aristócrata alemana. Ahí entraron los complejos. Y la envidia, claro. 

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"Cuando era joven y amaba, y amaba, muy dulce todo me parecía para matar el tiempo, oh, el tiempo que pasaba, aunque con él, oh, nada bueno me venía". Ya lo canta el sepulturero de Hamlet. Ese hombre que, ante la mirada oculta -y escandalizada- del príncipe de Dinamarca, va extrayendo calaveras de una tumba para hacer sitio a un nuevo cadáver. Sí, Juan Carlos I también fue joven y amó, y pasó el tiempo, y nada bueno le vino. Por si había dudas, el funeral ha desnudado aún más su caducidad. Isabel II supo entender su papel simbólico. Convertida en icono, ofreció estabilidad y serenidad al país. En esos conjuntos monocordes de abrigo, gorro y bolso, había más marca, más identidad que en un millón de discursos. De tan 'kitsch', incluso destilaba cierta ironía británica, cierto modo de estar en el mundo. 

Este Juan Carlos I renqueante también es un icono. La metáfora viviente del polvo oculto bajo la alfombra. Del tapar las miserias antes de afrontarlas y rendir cuentas. Su abanico de corruptelas fue silenciado por el temor a hacer temblar los pilares de la joven democracia, mientras iba socavándolos. Si entendemos que las monarquías parlamentarias del siglo XXI solo tienen sentido como proyección simbólica del Estado, el emérito representa una insoportable condescendencia con la deslealtad. Material desechable para dejar sitio a una nueva representación. Y ahí está Felipe VI. Obligado a destilar seriedad, austeridad, incluso dureza. El tiempo de la juerga se acabó, pretende decir. En el lineal monárquico, Juan Carlos I ya es material caducado.