Artículo de Salvador Martí Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

Chile, constituyente fallida

Solo Boric y su base electoral más fiel apoyaron la 'nueva' constitución. Contrariamente, los grandes grupos mediáticos, económicos, corporativos, la mayoría de partidos y las iglesias hicieron una ruidosa campaña para rechazar el texto

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El presidente de Chile, Gabriel Boric, ofrece su primer discurso tras asumir la presidencia, hoy, en Santiago (Chile). EFE/ Alberto Valdes

El presidente de Chile, Gabriel Boric, ofrece su primer discurso tras asumir la presidencia, hoy, en Santiago (Chile). EFE/ Alberto Valdes

Hace años, cuando era becario de un centro de investigación de ciencias sociales y políticas, al entrar al despacho del director siempre veía un papelito pegado con una chincheta en el que había un árbol lógico que empezaba diciendo: “Si algo funciona, no lo toques”. Y seguía: “¿Lo has tocado? ¿Puedes echar la culpa a alguien?”. Esto es lo que me vino a la cabeza cuando, en la madrugada del lunes 5 de septiembre, vi los primeros resultados del referéndum sobre el proyecto de constitución en Chile.

No quiero decir que la vigente constitución me gustara. Todo lo contrario. De todos modos, cabe señalar sin pudor que la ley fundamental impulsada por el pinochetismo el año 1980 ha sido, durante décadas, funcional para los grandes grupos de poder y para un notable sector de la sociedad. Es cierto que desde hace unos años el texto empezaba a dar muestras de inoperancia, debido a su concepción neoliberal y a los enclaves autoritarios que pervivían en él, pero de funcionar, funcionaba. 

Fue el malestar social acumulado durante décadas de mercantilizar derechos -que se exacerbó con la pandemia del covid-19- lo que llevó al presidente Piñera a abrir el 'melón constitucional'. Ante la imposibilidad de dar respuesta a las múltiples demandas callejeras el mandatario conservador dio un paso hacia delante y preguntó a la ciudadanía si quería cambiar de constitución, y el 78% del sufragio dijo que sí. Para ello se eligió una Convención constituyente que generó entusiasmo, pero que terminó siendo muy poco representativa de la sociedad chilena. 

Para empezar, la Convención constituyente casi no tenía representantes partidarios, pues muchos de los convencionales provenían de los movimientos ciudadanos, del activismo o de la academia, además de contar con un pequeño -pero sólido- grupo de miembros de pueblos originarios. La derecha, contrariamente, tenía poco peso a pesar de que -como es sabido- el conservadurismo siempre ha estado muy presente en la sociedad chilena. Con este formato, y con muy poca financiación para desarrollar sus tareas, la Convención terminó formulando un texto muy innovador -con especial mención al carácter plurinacional de la sociedad chilena, a la ecología y a ciertos derechos sociales y económicos- pero poco consensuado. 

Solo Boric y su base electoral más fiel, y Bachelet como figura de 'auctoritas', apoyaron firmemente la 'nueva' constitución. Contrariamente, los grandes grupos mediáticos, económicos, corporativos, la mayoría de partidos establecidos (desde el centro hasta la extrema derecha), las iglesias evangélicas y una parte del catolicismo hicieron una ruidosa campaña para rechazar el texto. Para ello no se ahorró ningún recurso, a la vez que se generaron miles de 'fake news' que decían cosas tan disparatadas como que la nueva constitución era comunista, que disolvería la unidad del país a favor de pueblos indígenas y que se crearía un régimen feminista. Mientras, el colectivo que hizo campaña por 'Apruebo' no tuvo la capacidad de elaborar un mensaje simple y convincente de las virtudes del 'nuevo' proyecto constitucional. Es decir, los emprendedores, no tuvieron la capacidad, el ingenio ni -mucho menos- los recursos para hacer frente a sus adversarios. 

De lo expuesto se deriva el contundente resultado de un 61,86% de votos en contra frente a un 38,14% a favor. Un veredicto que fue homogéneo en casi la totalidad del territorio nacional, donde solo en 8 comunas de las más de 336 en que se divide electoralmente el país ganó el sí. Al mismo tiempo, algunos de mis colegas chilenos me han señalado que en un país extractivista es difícil constitucionalizar los derechos de la naturaleza. A lo que añadían que el peso del racismo y el colonialismo aún es demasiado fuerte como para pensar un país plurinacional, multicultural y con pueblos originarios con autonomía en sus territorios. 

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Frente a lo expuesto, y a unos días de haber celebrado el referéndum, creo que es un éxito que el 38,14% de la sociedad chilena votara a favor de un texto tan atrevido y rupturista. Sin embargo, hoy los temas son otros. Destaco tres. El primero es cómo el resultado va a afectar al nuevo Gobierno, que apostó de forma clara y decidida a favor de la nueva constitución, y a la que vinculó parte de su programa. El segundo es quién va a capitalizar el voto de rechazo, a sabiendas de que los diversos sectores del centro y la derecha querrán vertebrar este electorado a partir de un proyecto conservador. Y el tercero es cómo continuar con el proceso constitucional, partiendo de la existencia de dos mayorías contrarias, una a la constitución vigente, y otra al proyecto presentado a referéndum el pasado domingo. 

Sobre el tercer tema, de entrada, Boric convocó a los partidos y a ambas cámaras para dar continuidad al proceso. Un proceso, sin duda, más institucional, convencional y con el apoyo de expertos. Nadie sabe aún qué ocurrirá, pero este reto es uno de los múltiples que -hace medio año- señalé un el artículo titulado "Los mil retos de Boric”.

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