El trasluz | Artículo de Juan José Millás Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

Vidas absurdas

Mi amigo había cumplido disciplinadamente el plan, pero ¿qué había detrás de él? Lo más probable es que detrás no hubiera nada o hubiera un vacío que cada uno intenta llenar como puede

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Sala de velatorio en el tanatorio de l’Hospitalet-Ronda

Sala de velatorio en el tanatorio de l’Hospitalet-Ronda / Áltima

Se nos ha muerto un amigo cuya frase favorita era “¿Cuál es el plan?”. Si le invitabas a comer, el plan era, evidentemente, el de comer, pero él entraba en casa preguntando cuál era el plan. Nadie le contestaba, claro, porque no había nada que contestar. Ahora bien, en el aire quedaba flotando la maldita pregunta sin respuesta.

-¿Cuál es el plan?

¿Y si lo que preguntaba era si había un plan detrás del plan?, pensé en el tanatorio. En otras palabras: si el plan tenía algún significado. Quizá su pregunta no era tan ingenua. ¿Cuál era el plan que había detrás de aquella excursión a los Picos de Europa? ¿Cuál el de detrás de reunirnos cada año en el aniversario del primer fallecido del grupo? Si nuestro amigo hubiera aprendido a hablar en el útero, al tiempo de formarse sus órganos, se habría asomado al mundo preguntando cuál era el plan. Imagino al equipo médico que atendió el parto y a la madre y al padre escuchando del recién nacido, todavía desnudo, aquellas palabras:

-¿Cuál es el plan?

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El plan era que atravesara la lactancia y que comenzara luego a tomar potitos y que más tarde acudiera a la guardería y luego al colegio. Que se hiciera adolescente y joven y que estudiara Derecho e hiciera unas oposiciones a Correos y que se casara y tuviera dos hijos. Había cumplido disciplinadamente el plan, pero ¿qué había detrás de ese plan? Lo más probable es que detrás no hubiera nada o hubiera un vacío que cada uno intenta llenar como puede. ¿Y si nuestro amigo hubiera sido un sabio oculto? Todo eso me preguntaba yo, frente a su féretro. Le habían puesto un traje oscuro, una camisa blanca y una corbata negra, como si fuera de luto por sí mismo. Era difícil, supuse, dar con la ropa adecuada para amortajar un cadáver. He visto muchos en mi vida y ninguno iba en chándal, ni siquiera Fede, que no se lo quitaba ni para dormir.

Tras el entierro, el grupo de amigos íntimos nos reunimos en la puerta del cementerio con las llaves de los coches en la mano. Entonces se me ocurrió preguntar cuál era el plan y todo el mundo soltó una carcajada. Nos fuimos a comer y lo pasamos bien, recordando los mejores momentos de nuestras vidas absurdas.