La dependencia energética Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

La estrategia europea del gas

La reactivación del MidCat daría un mayor protagonismo a España como proveedor gasístico y reforzaría la integración política energética de la Unión Europea

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Instalaciones del gasoducto paralizado Midcat en Hostalric.

Instalaciones del gasoducto paralizado Midcat en Hostalric. / David Aparicio

Entre los muchos asuntos que ha trastocado la guerra de Ucrania, el abastecimiento de energía es uno de los que más preocupa a los gobiernos de la Unión Europea. La amenaza de Rusia de cortar la llave del gas obliga a los países a buscar alternativas, incluso allá donde antes habían sido descartadas. Es en este contexto en el que hay que entender el interés de Alemania en la construcción de un gran gasoducto que conecte España con los países centroeuropeos. Este gasoducto –que supondría recuperar el aparcado proyecto MidCat– ha despertado viejas diferencias entre países, evidenciando la falta de una estrategia energética europea, que debilita a la UE en la defensa de sus intereses comunes ante terceros. El episodio podría tensar la relación del eje franco-alemán, si París se reafirma en su tradicional oposición a la interconexión gasística que ansían los germanos. Para España, representaría un mayor protagonismo como proveedor de gas a Europa, por lo que cuenta con la posición favorable del Gobierno central, con la lógica reclamación de que se financie con fondos europeos, es decir, que no sean únicamente los contribuyentes españoles quienes paguen por una infraestructura que beneficiará la seguridad energética del conjunto de la UE. También desde Catalunya, el Govern y la patronal Foment lo ven con buenos ojos.

El MidCat es un proyecto iniciado hace más de 20 años, que cruzaba los Pirineos por Girona pero que nunca llegó a finalizarse, porque las autoridades de competencia españolas y francesas lo tumbaron en 2019 al considerar que no había necesidades de mercado que lo justificaran. Entonces el gas que provenía de Rusia era fiable y barato, y la nueva infraestructura, muy costosa y sin interés comercial. Huelga decir que las circunstancias han cambiado radicalmente. España tiene la mayoría de centrales transformadoras de gas licuado de la UE, además de la conexión del gasoducto con Argelia, pero su capacidad exportadora se encuentra hoy muy limitada por los dos gasoductos que la conectan hoy con Francia. El MidCat permitiría duplicar esta capacidad. Los argumentos que expone el Gobierno de Emmanuel Macron (que es una obra muy cara, que no solucionará la crisis energética actual y que supondrá un paso atrás en el objetivo de descarbonización, entre otros motivos) pueden ser razones para revisar y mejorar este proyecto estratégico, pero no para bloquearlo.

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En cuanto al reto climático, por ejemplo, no les falta razón a quienes advierten del retroceso que supone invertir en combustibles fósiles (también lo ha hecho Alemania con la vuelta a las centrales de carbón), pero hoy por hoy, las energías renovables no son capaces de atender toda la demanda y el proceso de transición será largo. En el caso del nuevo MidCat, además, existe la intención, si la tecnología lo permite, de que pueda servir no solo para transportar gas, sino también hidrógeno líquido, lo que la convertiría en una infraestructura compatible con una economía verde.

Bien es cierto que la lentitud de la ejecución del proyecto hará imposible que resuelva los problemas urgentes del conflicto con Rusia, pero no se trata tanto de dar una solución inmediata, sino de avanzar hacia una mayor integración política energética que permita a la UE dar una mejor respuesta ante futuras crisis. Algo que no se conseguirá si cada país mira solo por su propia conveniencia.