Quinto aniversario Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

Un insulto a las víctimas del 17-A

Tras la indignidad de quienes rompen a gritos un día de duelo están quienes han alimentado sus fabulaciones y han querido sacar rédito político

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Laura Borràs saluda a los manifestantes.

Laura Borràs saluda a los manifestantes. / RICARD CUGAT (Epi_rc_es)

El quinto aniversario de los atentados de Barcelona y Cambrils debería haber sido un momento de recuerdo de esa tragedia, de análisis retrospectivo, por qué no, de lo sucedido, o de si las víctimas recibieron el apoyo que merecían y requerían, y sobre todo de acompañamiento de estas. Y así lo fue en el interior de cualquier persona de buena voluntad que estuviese presente en el homenaje de la Rambla o dedicase un segundo a rememorar aquellos días de dolor. Pero la jornada de este miércoles fue perturbada por la lamentable e indigna actitud de unas decenas de militantes independentistas que interrumpieron el minuto de silencio, distorsionaron el ambiente de dolor y respeto que debería haber imperado con sus gritos y, en algunos casos, llegaron a increpar e insultar a personas que perdieron a familiares en los atentados.

Si nos ceñimos a los argumentos de quienes reventaron el acto, una comisión parlamentaria de investigación sobre el 17-A quizá hubiese ayudado a despejar dudas. Quedó algún fleco por despejar (sobre la personalidad concreta del posible inductor o inductores internacionales, básicamente) pero no suficientes para repetir que no se conoce ni se quiere conocer la verdad. Y menos para proclamar a gritos que el Estado español, y no una célula yihadista, fue el verdadero responsable del atentado, cuando las evidencias confirmadas por todos los cuerpos policiales y refrendadas judicialmente son tan abrumadoras.

La mentalidad de quienes este miércoles quisieron convertir un acto de duelo en uno de odio no merece otro calificativo que conspiranoia. Su mecanismo mental no es en absoluto diferente del de quienes fabulaban teorías sin sustento alguno sobre el 11-S, quienes lo hacían con los atentados de Madrid (y convertían en objeto de sus iras a la madre de una víctima, Pilar Manjón), los propagandistas trumpistas que culpan al Gobierno y llamaban mentirosos a los padres de niños muertos en tiroteos (como el locutor condenado hace unos días en EEUU) o los negacionistas del covid que han llegado a acosar a sanitarios. Creer en un mundo creado a la medida de un delirio y agredir a quienes con su testimonio hacen más evidente la falsedad de sus teorías, las víctimas reales, es una pauta reconocible y habitual en la que el populismo de ultraderecha y el enajenamiento respecto a la realidad se encuentran. 

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Pero en todos y cada uno de estos casos, detrás de las caras individuales de la sinrazón ha habido políticos y medios que han alimentado sus teorías, incitado el odio e intentado sacar provecho político de él. Por eso fue especialmente grave la actitud de la presidenta de Junts, Laura Borràs, repartiendo abrazos, aplausos y palabras de agradecimiento a quienes momentos antes se habían comportado de forma vergonzosa. Si la búsqueda de protagonismo personal incluso en una circunstancia como la de este miércoles es criticable, aún lo es más el apoyo moral prestado al grupo de manifestantes. 

Si no estuviese ya suspendida de su cargo por estar imputada en un juicio por presunta corrupción, lo sucedido este miércoles hubiese bastado para reclamar la reprobación de Borràs como presidenta del Parlament y representante institucional por lo tanto de toda la pluralidad de sensibilidades expresadas por los ciudadanos en la Cámara. Pero actualmente el cargo que ostenta es la presidencia de Junts. Y ese partido es quien tiene un problema. No basta con desmarcarse como hizo de los protagonistas del griterío. Algún día deberá decir con claridad si se siente representado en actitudes como las que ensombrecieron lo que debía haber sido un día de homenaje.