Opinión |
Artículo de Antón Losada

No piensen en septiembre

Nadie quiere estropear el verano, pero todos lo estamos pensando: la vuelta sí que va a ser histórica… pero de verdad

La inflación de sitúa en julio en el 10,8%.

La inflación de sitúa en julio en el 10,8%.

Antón Losada

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El mes de septiembre es el nuevo elefante en el cual nos advirtió George Lakoff que no deberíamos pensar cuando alguien nos dijera que no pensáramos en un elefante. Se queman miles de hectáreas de monte a la misma velocidad que desaparecen hectómetros cúbicos de agua en los embalses, caen como moscas los récords de turistas, se multiplican milagrosamente los peregrinos en el Camino de Santiago y los importes en las facturas de hoteles y restaurantes, no queda un marco incomparable sin su festival con nombre en inglés durante este primer agosto sin mascarilla, cuando todo nos parece extraordinario acaso porque nos sucede a cara descubierta. Nadie quiere estropearlo hablando de septiembre, pero todos lo estamos pensando: la vuelta sí que va a ser histórica… pero de verdad.

El Gobierno solo habla de septiembre para recordarnos que sus previsiones indican que será entonces cuando la inflación de dos dígitos empezará a regresar al dígito en solitario. Los años de crecimiento y fondos europeos que nos prometimos tras la pandemia seguirán aún allí, a la vuelta de la esquina. Mientras, se pasa el verano loando casi con añoranza las buenas cifras macroeconómicas, que pueden resultar un hermoso recuerdo al final del estío. La oposición no habla de septiembre porque agosto ya le parece el fin del mundo. Se les ve tan convencidos de que cuanto peor va todo mejor les va a ellos que ya ni disimulan. Donde no hay catástrofes se las inventan. Subir un grado la temperatura en los bares traerá otra tormenta del desierto. Bajar un grado la calefacción nos condenará a una nueva era glacial. Todo por conservar esa costumbre tan castiza de ponerse la chaqueta en los locales en verano porque hace frío y quitársela en invierno porque no se para de calor. Vivimos en el país donde todos los dilemas de las sociedades avanzadas, sean económicos, sociales, políticos o demográficos, se acaban reduciendo a una única cuestión capital: ¿cómo le va a afectar a la hostelería?

En invierno o en verano la economía en España siempre parece cosa de magia. Hablamos de la inflación como si el fenómeno de que una patata haya multiplicado por ocho su precio cuando llega a la plaza fuera una desgracia que nos ha caído encima; no el resultado consciente de agentes económicos intencionados que depredan a una demanda indefensa frente a una oferta tramposa, en un mercado que no funciona mientras quienes deberían vigilarlo actúan como si todo estuviera en orden. Ya había manifestaciones de agricultores, ganaderos o pescadores antes de la guerra de Putin y no protestaban contra el acercamiento de presos etarras o los indultos del 'procés'.

Como ungüento nos ofrecen el mítico pacto de rentas, cuando los salarios llevan moderándose más de dos décadas mientras los beneficios empresariales ya casi rozan, a mitad de este año, las previsiones para todo el ejercicio. En España hace tiempo que cambiaron aquel hidalgo 'Que inventen ellos' por un burgués 'Que se moderen ellos'. Esa ha sido la verdadera gran modernización de la economía hispana.

Aunque también pudiera ser que ignoremos al septiembre en la habitación porque nos hemos acostumbrado de tal manera a vivir en lo extraordinario que, en el fondo, intuimos que sucederá algo antes que lo volverá a cambiar todo. La teoría del cisne negro parece un artefacto del pasado. Esa idea de un acontecimiento inesperado que lo revoluciona todo, racionalizado luego hasta encajarlo en la historia, solo induce a la ternura cuando lo inesperado es la nueva normalidad. 

Vivimos asediados por una bandada de cisnes negros. Nunca creímos pasar otra pandemia mundial, vivir otra guerra en Europa o prepararnos para cortes de luz y gas; puede que hasta Salman Rushdie creyese que ya nadie haría efectiva la 'fetua' dictada por Jomeini tres décadas atrás; menos, que fuera a intentarlo un veinteañero nacido en California, hijo de inmigrantes libaneses en EEUU. Nada prende tanto como el odio. Si lo tuviéramos siempre presente no lo sembraríamos con tanta facilidad.

Si el verano se les está haciendo corto, tienen razón; aprovéchenlo. Septiembre nos espera con los brazos abiertos y entonces sí que lo echaremos de menos.

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