Artículo de Emma Riverola Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

Afganistán y Ucrania: que la admiración perdure

Quiero recordar a las supervivientes y resistentes de ambos países. A las escuelas secretas que permiten a las adolescentes afganas seguir estudiando. A las ucranianas implicadas en la resistencia civil

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Emprendoras afganas en Kabul

Emprendoras afganas en Kabul / EFE

Hace un año, las portadas de los diarios recogían la toma de Kabul. Afganistán ya era talibán. La conmoción fuera de sus fronteras se extendía más allá de los medios de comunicación y se colaba en las conversaciones cotidianas. Lamentos por la extrema violencia ejercida sobre sus ciudadanos, especialmente dura para las niñas y las mujeres. Durante estos últimos meses, la invasión de Ucrania ha eclipsado el foco informativo. Como si nuestra capacidad de soportar el dolor ajeno hubiera llegado a su límite. Las noticias que se cuelan sobre Afganistán solo aumentan la desazón. Un manto de invisibilidad cada vez más atroz sobre las mujeres. Atentados terroristas. Un terremoto devastador. Una epidemia de sarampión. Severa desnutrición de la población. Matrimonios infantiles a cambio de comida. El hambre, siempre el hambre.

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Vuelvo al año pasado y revivo tantas conversaciones. Imagino que no debían de ser muy distintas a las de cualquier mujer en Francia, Italia, Alemania… o Ucrania. Sí, Ucrania. ¿Cuántas ucranianas se horrorizaron ante las vejaciones a las que eran sometidas las afganas? Desde la calma de su hogar verían las imágenes de los talibanes tomando las calles, la multitud agolpándose en las vallas del aeropuerto tratando de huir, los rostros de temor de las mujeres. Observarían aquel escenario lejano como espectadoras, conteniendo la respiración. Meses más tarde, el horror más despiadado, el más impensable, las cercaría a ellas. Violaciones masivas de mujeres y niñas. Torturas sistemáticas. Y muerte. Parejas, padres, hijos o ellas mismas. Muertos en las calles. Muertos en los caminos. De repente, convertidas ellas también en víctimas. Esa palabra que se pega a la piel y lo invade todo. La mirada propia y la ajena.

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El temor a quedar enredada en la tela de la ignominia nos queda lejos. Y no quiero añadir un ‘aún’ en este párrafo, pero sí recordar a las supervivientes y resistentes de ambos países. A las escuelas secretas que permiten a las adolescentes seguir estudiando en Afganistán. A tantas mujeres implicadas de múltiples modos en la resistencia civil en Ucrania. Es posible que el foco informativo se vaya diluyendo. Al menos, que nuestra admiración permanezca.