Barraca y tangana

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Riqui Puig, en las instalaciones de su nuevo equipo.

Riqui Puig, en las instalaciones de su nuevo equipo. / LOS ANGELES GALAXY

Mira que pido poco, pero siempre hay algo que me está perturbando. A veces estoy tan tranquilo jugando al 'Mini Football' en el móvil, en un entrañable momento de paz estival, y de repente me asaltan las más oscuras dudas, los peores recuerdos y las tareas pendientes. Es visto y no visto y me muero de asco: en una décima de segundo paso de celebrar victorias 'on line' contra niños singapurenses a angustiarme por los correos que acumulo sin contestar, por cómo pasaremos el invierno o por lo que me espera al día siguiente en el trabajo.

Porque crecer conlleva, entre otros asuntos de relevancia limitada, tener un montón de recuerdos con los que pensar: ¿cómo pude ser tan idiota?

De hecho, la otra noche me abordó un recuerdo que casi había olvidado. Asomó en la memoria mientras jugaba una tanda de penaltis en el 'Mini Football', un juego que me recomendó mi hijo y yo a mi hijo le hago caso siempre, que por cierto, suelo decir que no tengo tiempo para leer y llevo dos semanas gastando un par de horas diarias con el juego este, que lo cuento aquí por si estáis buscando un modelo de conducta, para que os vayáis a otro lado.

Tanda de penaltis

El tema es que en plena tanda de penaltis, a vida o muerte, recordé una tarde cualquiera de 1998. Sé que era 1998 porque ese verano mi madre me compró la 'PlayStation 1', y añadí en el 'pack' del regalo el juego del FIFA del Mundial de Francia 98. Meses después de esa gran compra –que me quitó horas de sol, de deporte y de sueño, pero que a la vez rebajó mis posibilidades de contraer una enfermedad de transmisión sexual en el instituto-, estaba yo en mi pueblo jugando unas partidas al FIFA con mi primo Joaquín.

En un momento dado, hice penalti. Cuando me lo iba a tirar, mi primo, que además es menor que yo, que entonces yo ya tenía mis 15 añazos, me dijo que sabía un truco para parar los penaltis. El truco era ciertamente sencillo: el portero, o sea yo, tenía que quedarse quieto, sin tocar ningún botón del mando y entonces, me aseguró mi primo, la máquina pararía el penalti sola.

El truco hacía aguas

Le creí. Es evidente que el truco hacía aguas por todos lados, pero le creí. Aún no entiendo cómo, pero creí toda aquella farsa y no toqué ningún botón del mando. Me parece que incluso dejé el mando en el suelo para evitar el contacto. ¿Qué ocurrió? Como cualquier ser humano mínimamente avispado podría haber previsto, mi primo lanzó con calma burlona el penalti a un lado. Mi portero se quedó quieto –pues claro- y a mí se me quedó esta cara de tonto que todavía arrastro. ¿Cómo pude ser tan idiota? Juraría que ni siquiera mi hijo, que tiene cinco años, creería ahora semejante engaño. Aunque prefiero no comprobarlo, por si acaso.

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Lo valioso de todo esto y el mensaje que quiero transmitir al mundo es de ánimo. Ánimo a Riqui Puig, ánimo a los que pierdan en esta primera jornada, que no pasa nada. Ánimo a todos esos chavales que dudan, que les preocupa si un día podrán ganarse la vida y tener un trabajo. Que piensen que alguien como yo, que se creyó que el penalti se pararía solo si no tocaba el mando, lleva casi dos décadas trabajando. Superé aquello y no solo eso: vivo bastante bien, soy un adulto respetable, tengo dos hijos y varios premios ganados. Incluso me preguntan si le veo futuro al Barça de Xavi o si el Real Madrid podrá igualar lo del año pasado, como si fuera de interés mi opinión. Me preguntan esas cosas, en serio, y me pagan por decir algo. Así que ánimo: si yo pude, vosotros también.

Pero puto penalti, eh. Como pille a mi primo lo aplasto.

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