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Del 17-A a Rushdie: no caer en el miedo

La mejor respuesta que los demócratas pueden dar al terrorismo islamista pasa por mantenerse firmes ante las amenazas y por no incurrir en la autocensura

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Salman Rushdie

Salman Rushdie

El ataque contra el escritor Salman Rushdie ha coincidido con el quinto aniversario de los atentados del 17-A en Barcelona y Cambrils. Ambos crímenes nos recuerdan que el terrorismo islamista, aunque notablemente debilitado, no se ha extinguido, sino que continua representando una seria amenaza.

Rushdie fue condenado a muerte por Jomeini tras la publicación en 1988 de 'Los versos satánicos'. La 'fatua' fue dictada por el ayatolá por considerar la obra blasfema y ofensiva contra el islam. El escritor, de 75 años, llevaba, en el momento de ser apuñalado en Chautauqua, una ciudad del estado de Nueva York de unos pocos miles de habitantes, más de tres decenios viviendo bajo el yugo de la amenaza. Los fanáticos nunca quisieron levantar la 'fatua' contra él. 

La agresión se produjo por sorpresa, justo cuando Rushdie se disponía a participar en una charla-conferencia, y viene a recordarnos que nadie está a salvo de los totalitarios religiosos que intentan imponer sus creencias al resto de la humanidad, es decir, a todos aquellos que no comparten su estrecha interpretación de los textos sagrados. La vía para la imposición no es otra que sembrar el miedo mediante la violencia. El ataque a Rushdie, que ha llegado transcurridos tantos años y en una tranquila localidad de los EEUU, viene a subrayar la amenaza. Nadie que ose desafiar a los fanáticos puede estar tranquilo, por muchos años que transcurran y se encuentre en donde se encuentre. El acto en el que iba a participar Salman Rushdie abordaba, precisamente y según el programa anunciado, «el papel de Estados Unidos como asilo para escritores y otros artistas en el exilio y como hogar para la libertad de expresión creativa».

También los atentados como los que tuvieron lugar en las Ramblas de Barcelona y en Cambrils, en 2017, tienen como meta atemorizar a aquellos a quienes los radicales consideran infieles, que son todos los no musulmanes y también los musulmanes que no comparten sus creencias sesgadas y extremistas. Atropellos indiscriminados como los de Barcelona y Cambrils se han producido en los últimos años también en otras ciudades europeas.

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La mejor respuesta que los demócratas y las sociedades democráticas en su conjunto pueden dar al terrorismo islamista pasa, en primer lugar, por mantenerse firmes ante la amenaza, algo que es fácil de escribir pero muy difícil de llevar a cabo cuando la seguridad, incluso la vida de uno, puede correr peligro. En segundo lugar, y estrechamente vinculado a lo primero, se trata de no permitir que el terror condicione nuestros comportamientos, nuestras vidas. De no dejarnos amedrentar, lo que significa no incurrir en la autocensura.

El apuñalamiento de Salman Rushdie y los atentados de hace cinco años en Barcelona y Cambrils son una muestra, por desgracia entre muchas, de lo que es capaz de hacer el radicalismo islamista para cercenar y, a la postre, intentar acabar con los valores que fundamentan nuestras sociedades democráticas. Eso debería recordarnos la dimensión extraordinaria de lo que está en juego. Son muchas las generaciones de hombres y mujeres que han luchado, sufrido y perdido la vida por asegurar los valores y principios que sostienen y hacen posibles nuestras sociedades democráticas, entre ellos, particularmente, el derecho a pensar y expresarnos libremente. Ningún tipo de desazón o relativismo posmoderno debería conducirnos a desatender tales valores y principios primordiales, menos todavía a subestimarlos o desdeñarlos.