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La madre de todas las guías de viaje | + Historia

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Una de las muchas versiones de la primera guía turística de Roma.

Una de las muchas versiones de la primera guía turística de Roma. / Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Este mes EL PERIÓDICO publica una divertida sección en la que se entrevista a turistas que visitan Barcelona. Se les pregunta si prefieren la Sagrada Familia o el Camp Nou. Hay todo tipo de respuestas, pero nadie necesita que les den explicaciones sobre ambos lugares porque son iconos de visita obligada para cualquier visitante, sea o no creyente o futbolero.

También se les pregunta qué llevan en la mochila. De momento en ninguna de las respuestas que he leído ha aparecido la guía de viajes. Seguramente Google y las webs de información turística hacen la función de aquellos libros que antes eran imprescindibles para ir a ver mundo sin perderse. Lo que quizás no saben estos turistas que tienen claro que en Barcelona están la Sagrada Família y el Camp Nou es que precisamente fueron las guías de viaje las que fijaron los espacios a visitar cuando hacemos el turista. Es un mecanismo antiquísimo. De hecho, uno de los primeros ejemplos europeos tiene 900 años.

Alrededor de los siglos XI y XII, cuando el cristianismo dominaba toda Europa, era habitual que los creyentes peregrinaran a lugares sagrados y por encima de todos iban a Roma, en busca de la bendición del Santo Padre. Entonces ya era conocida como la 'Ciudad Eterna', un término que los cristianos habían adoptado del imperio romano. El 19 aC el poeta Tibulo había glosado el esplendor de la época del emperador Augusto, que según el escritor había situado la ciudad en el centro del mundo conocido al expandir sus dominios hasta los lugares más remotos. No tenía ninguna duda de que su poder garantizaría la eternidad de ese imperio sin fin. Nuestro amigo Tibulo se las prometía muy felices (o tenía ganas de hacer la pelota al emperador) pero la realidad no fue tan idílica, porque si algo enseña la historia es que, por más que quien mande se lo crea, no hay imperio ni frontera que dure eternamente.

Con la llegada del poder papal, aquella idea de 'urbs aeterna' se adaptó a los nuevos tiempos y el concepto quedó asimilado a Dios. Es decir, Roma era la ciudad eterna por ser el centro del cristianismo. Y eso atraía peregrinos llegados de los cuatro puntos cardinales que pasaban en la ciudad varios días. Lo que ahora los expertos llaman turismo religioso.

Los visitantes compartían consejos y recomendaciones de manera informal hasta que, en 1143, alguien decidió ponerlo por escrito. Así nació una de las primeras guías de la historia, llamada 'Mirabilia Urbis Romae' (Maravillas de la ciudad de Roma), donde se ofrecían itinerarios para conocer los lugares más importantes. Lo interesante es que no se limitaba a los espacios cristianos, sino que también ponía en valor los puntos destacados de la Roma clásica. Gracias a ello los visitantes empezaron a apreciar lugares como el Coliseo o el Panteón, por ejemplo.

Hay que tener en cuenta que entonces la información circulaba de forma más lenta y menos masiva que ahora. Esto explica que el 'Mirabilia' fuese un referente durante más de seis siglos y se imprimiera en muchas ciudades de las actuales Italia, Francia, Alemania y Reino Unido. Su influencia llegó a los aristócratas del siglo XVIII que hacían el Grand Tour por Europa. Ellos pusieron las bases del turismo moderno y, además, dieron una nueva perspectiva al concepto ciudad eterna. Ya no era la que iba a durar para siempre de Tibulo, ni la que te acercaba a Dios. Era la eternidad de un pasado glorioso ya perdido. Esta es la lectura que hicieron románticos como Goethe en su libro 'Viaje a Italia', donde escribe: “Quiero ver la Roma eterna”.

Y es justo lo que los burgueses del siglo XIX, imitando a los aristócratas, fueron a buscar de la mano del primer turoperador de la historia, Thomas Cook, que en 1864 ofreció el primer circuito perfectamente organizado. Como decía su publicidad “Haber visto Roma es haber visto el mundo”. Lo que ocurrió después es fácil de imaginar. Una generación después de otra transmitió lo que había que ver en Roma y por eso cuando vamos, sin poder explicar cómo sabemos que tenemos que hacerlo, visitamos el Coliseo y el Vaticano. Porque si no, parecería que no hemos estado en Roma, al igual que quien va a Barcelona debe visitar la Sagrada Familia y el Camp Nou.


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Comportamiento imitativo

Uno de los mecanismos que explican el turismo es su comportamiento imitativo. En el s. XIX, la burguesía quiso emular la aristocracia que había realizado el Grand Tour y después fue el turno de las clases medias de Occidente de la segunda mitad del s. XX. Ahora llegan turistas de nuevos países emisores, y ellos también visitan los sitios emblemáticos de siempre.