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Cómo comportarse en... una presentación de libros

De cómo cambian las cosas cuando nos dejamos llevar por la música veraniega de una bagatela o cuando, severos y elevados, asistimos a una sinfonía invernal

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Presentación de libros en l’Escala (Ayuntamiento de l’Escala).

Presentación de libros en l’Escala (Ayuntamiento de l’Escala).

Lo primero es decir que presentar un libro no es obligatorio. Tampoco lo es, por supuesto, escribir un libro. No hay ninguna legislación que te obligue, y bien puedes pasarte toda la vida sin haber perpetrado una novela histórica, una 'true fiction' o una autoficción sobre tu infancia torturada. Pero, claro, resulta que hay gente que escribe libros (cada día más gente y cada día más libros) y que, una vez escritos, tienen la aspiración de pensar (de hecho, están convencidos) que serán de interés para el público en general, con lo que se ve empujada, esta gente, a presentar el libro, es decir, a dar a conocer al mundo que ese esfuerzo descomunal y solitario se ha concretado en un excepcional volumen encuadernado y religado.

Para un escritor, pues, presentar el libro es como ir al templo para que los sabios certifiquen la bondad del comportamiento recto del neófito. Lo que ocurre es que no siempre son sabios, no siempre hay templo y no siempre el escritor está dispuesto a recibir comentarios o sugerencias, seguro de haber escrito la obra maestra que cambiará la evolución del mundo de las letras y de la literatura universal.

La presentación es una ceremonia, un rito, y debe obedecer a esta idea casi religiosa, pautada, de alta corrección política. El presentador ejerce de sacerdote, pero quien se casa en serio es el autor (o la autora, claro) con su capacidad poética: juntos han engendrado un texto que los espectadores (la mayoría, amigos y conocidos) saludarán con entusiasmo indisimulado.

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Sin embargo, en verano todo cambia. No se hacen las presentaciones habituales en los espacios cerrados y no es necesario un comportamiento tan estricto y severo. Todo se ve de otra manera. El escritor en cuestión (o la escritora) es muy probable que se presente al acto en pantalones cortos o con un traje vaporoso de tirantes, con chancletas incluso, o, a lo sumo, con alpargatas de esparto. Aquella tensión del bautizo otoñal se vuelve relajación, en una terraza con vistas o en un entorno arbóreo y pirenaico. No es lo mismo asistir a la lectura del 'Ulises' de Joyce en la Librería Calders que leer versos en una barca que hace cabotaje por la Costa Brava, como anuncia la Librería Vitel•la de L' Escala.

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Por eso, el asistente a un acto literario veraniego debe entender que un encuentro sobre crímenes reales, historias de monarcas medievales o efusiones íntimas del artista, no responde a los mismos esquemas que un evento cultural frío y convencional. Se debe adecuar al entorno. Yo he oído hablar de Ferrater junto a una piscina con niños chapoteando y he visto cómo después de las explicaciones del novelista una pareja se zambullía en las aguas de color turquesa de Tamariu, no sé si empujados por el soplo poético o dispuestos a olvidar lo que habían escuchado. No se trata solo de asistir a la presentación en pantalón corto, vestido de tirantes, sandalias o chancletas, sino de pensar que el atuendo es simbología y transcripción del estado de ánimo. "No hay ocio infinito sino en la playa", decía Carner. Las mismas palabras, dichas en un tono de severidad y elevación, suenan cerca de las olas, mientras nos abanicamos con el 'pai-pai' de propaganda de un bar musical, con un aire de abúlica, imperturbable, serena cadencia. La sinfonía se ha vuelto bagatela. Y es así como es necesario usar de las presentaciones de libros en verano.

 

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