Visita de Pelosi a Taiwán Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

Un incidente inoportuno

Es de esperar que el Gobierno de Pekín no eleve su respuesta por la visita de Nancy Pelosi a Taiwán más allá de lo que requiere la narrativa nacionalista en la que Xi ha envuelto a su país

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Un incidente inoportuno

RITCHIE B. TONGO

La visita relámpago a Taiwán de Nancy Pelosi, la líder de la Cámara de Representantes norteamericana, ha creado un incidente innecesario en las ya tensas relaciones entre China y Estados Unidos. Su decisión de incluir la isla en su gira por varios países asiáticos ha sido acogida como una provocación por el presidente chino, Xi Jinping, que ha sobreactuado como si se tratara de una auténtica acción militar.

La inoportunidad de la iniciativa de la representante demócrata, adoptada en disonancia con la Casa Blanca, no justifica que Xi haya ordenado maniobras militares con fuego real que supondrán un cerco militar de varios días para la isla. Tras el intento frustrado de Joe Biden de convencer al propio Xi de que la decisión de Pelosi no involucraba a su Administración, la confirmación de su llegada a Taipei creó una tensión insólita en el corredor que separa el mar de China oriental del occidental que no le viene mal al líder chino, pendiente de ser reelegido el próximo otoño para un tercer mandato.

«Quien juega con fuego se quemará», le dijo Xi a Biden, durante la conversación telefónica de dos horas que ambos mantuvieron la semana pasada. Conocedora de la tradición oriental, Pelosi actuó de acuerdo a una de las máximas del conocido estratega Sun Tzu, según la cual «si tu oponente tiene un temperamento colérico, intenta irritarle».

Cabe preguntarse el porqué de este gesto y por qué Pelosi lo ha llevado a cabo en un momento como el actual, en el que su país está involucrado en un conflicto armado con Rusia en Ucrania. Los principios de la política y de la guerra aconsejan más bien lo contrario, esto es, evitar sumar focos de tensión. Resulta sorprendente una iniciativa como la suya, que ha suscitado reservas en muchos países, mientras Biden está comprometido en buscar amplios apoyos militares y políticos a la resistencia ucraniana. Es significativo que incluso algunos de sus aliados en su pugna con China hayan mantenido el silencio frente a la llegada de Pelosi a Taiwán. No porque no estén de acuerdo con sus palabras, en el sentido de reiterar el compromiso de Estados Unidos frente a cualquier agresión china, sino porque piensan que no es este el momento para cuestionar el statu quo, teniendo en cuenta los problemas que padece la economía mundial y lo que representaría ahora un colapso de las relaciones comerciales con China.

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Es de esperar que el Gobierno chino no eleve su reacción más allá de lo que requiere la narrativa nacionalista en la que Xi ha envuelto su país desde el último congreso del partido comunista. Para modular su respuesta deben tener en cuenta la personalidad política de Nancy Pelosi, que ha hecho de la defensa de la democracia en China una de sus señas de identidad. Su apoyo a las víctimas de la represión en Tiananmen, sus conocidos pronunciamientos a favor de la democracia en Hong Kong, su boicot a los Juegos Olímpicos de Pekín y su cercanía al Dalai Lama así lo atestiguan. Actitudes que la honran políticamente, pero que no son suficientes para determinar un tema de tanta trascendencia, para la libertad en el mundo, la estabilidad económica y la seguridad, como el de las relaciones entre Estados Unidos y China.

Una gran mayoría de los taiwaneses no quieren vivir bajo el yugo de Pekín. Pero solo una ínfima minoría apoya aventuras que supongan la ruptura de un statu quo que le ha permitido a Taiwán ser la 23ª potencia del mundo (y el país que produce más del 60% de los microchips de los que dependen nuestra vida cotidiana).